Usuario anónimo ¿Quieres tener tu propio blog?
Crear blog gratis en OboLog

“Estar solo” y “sentirse solo”

sábado, 05 de marzo del 2011 a las 02:07
guardado en

Cuenta el libro del Génesis —que recoge la cosmogonía mitológica del imaginario judío—, que una vez Yahveh creó a Adán, el primer hombre, lo vio triste, incompleto, necesitado de compañía; y dijo Yahveh: “No es bueno que el hombre esté solo”. Y creó, entonces, Yahveh a Eva, la primera mujer, de una de las costillas de Adán, para que fuese su compañera y Adán no estuviera solo.

En la antropología judeocristiana —y, por derivación, también en la musulmana, que es heredera de ambas—, la soledad del hombre, del ser humano, es considerada como algo negativo, como signo de incompletud, como manifestación de imperfección. De ahí que en estas religiones prime siempre lo colectivo, lo comunitario, sobre lo individual, hasta el punto de que en ellas únicamente encuentra el ser humano individual su razón de ser en compañía de otros. De hecho, en estas tres religiones la comunidad de creyentes es el eje fundamental sobre el que se vertebra el fenómeno humano, de manera que el hombre-individuo sólo encuentra sentido desde su pertenencia al “pueblo elegido” (para los judíos), al “pueblo de Dios” (para los cristianos), y a la umma o asamblea universal de fieles (para los musulmanes). Lo individual, por tanto, tiene mala prensa para las religiones del Libro. Y esta concepción dialéctica entre el individuo y la comunidad ha impregnado hasta los tuétanos la conciencia colectiva de los pueblos que han crecido y se han hecho a la sombra de estas tres tradiciones religiosas. Todas las ideologías políticas surgidas en el seno de estas tres tradiciones también reflejan esta primacía de lo comunitario sobre lo individual; porque, de hecho, incluso las ideologías que apuestan por lo individual lo hacen desde la necesidad de aglutinar voluntades individuales para que esa idea individualista acabe por prevalecer imponiéndose sobre las ideologías de lo comunitario. En definitiva, todas las ideologías, desde el liberalismo al comunismo, pasando por el utilitarismo y el socialismo, parten de la necesidad incuestionable de lo comunitario, de lo colectivo.

Existe —es indudable— un miedo antropológico a lo individual. Desde los orígenes el hombre ha considerado la necesidad de agruparse una cuestión de supervivencia. Hay, en la base, una arraigada querencia a pertenecer al grupo, a la familia, a la peña de amigos, al curso al que pertenecimos en la escuela o en la Universidad, a una corriente ideológica determinada, a un equipo de fútbol, a una asociación X… Todo menos estar solo. De hecho, quien está solo es puesto bajo sospecha de insociable, de huraño, de raro.

Huimos —nos han enseñado a huir— de la soledad, del estar solos. Y, finalmente, hemos aprendido a no estar solos, a buscarnos las mil y una maneras de no estar nuca solos. Pero hasta el punto de que ya no sabemos estar solos; nos da miedo estar solos, nos aterra estar sin más compañía que nosotros mismos. Cuando estamos solos, se nos mueve por dentro una inquietud que nos hace buscar de inmediato la compañía de otros; todo menos estar solos. Por eso mismo no podemos relacionarnos sanamente, porque lo hacemos desde una desesperada necesidad del otro. La soledad nos da miedo. Hemos aprendido a tenerle miedo. Porque en nuestras culturas estar solo es síntoma inequívoco ante los demás de que algo no va bien en nosotros. Por eso cuando nos sentimos solos el mundo se nos derrumba y la angustia se abre paso. Sin embargo, creo importante distinguir dos cosas que, si bien pueden parecer iguales, no lo son: “estar solo”, y “sentirse solo”.

Sin embargo, no hay otro modo de estar que “estar solo”. Esta es una verdad que cuanto más nos neguemos a aceptar, más sufrimiento nos generaremos a nosotros y a los demás. Podemos distraernos, entretenernos con mil cosas, buscando permanentemente la compañía de otros; pero lo cierto es que estamos solos. Por eso después de una experiencia intensa nos aborda un profundo sentimiento de tristeza, porque en las experiencias intensas conectamos con la soledad que hay en nosotros, con la soledad que somos. Escuchando una sinfonía, viendo una puesta de sol, leyendo un poema, o después de hacer el amor, muchas veces nos sentimos tristes; porque las experiencias intensas tocan las fibras más profundas y más íntimos de nuestra interioridad, donde habita la esencia de lo que somos, nuestra soledad; y como nos han enseñado —y hemos aprendido— que no debiéramos estar solos, por eso nos ponemos tristes. “Sentirse solo” es, por tanto, consecuencia de rechazar y no querer aceptar el hecho fundamental de que esencialmente estamos solos; “sentirse solo” es la tristeza que se nos viene encima cuando descubrimos que estamos solos, y, sin embargo, creemos que no debiéramos estar solos; “sentirse solo” es, en suma, la consecuencia de rechazar y no aceptar la soledad esencial que somos, y descubrir, a la vez, que necesito de los otros para sentirme bien. Por eso cuando nos sentimos solos se nos viene abajo la autoestima y nos sentimos pobres por dentro, poca cosa, como mendigos.

Pero el hecho cierto es que todos y cada uno de nosotros está solo; aunque estemos rodeados de personas, e incluso de personas muy queridas, estamos esencialmente solos. La soledad no es algo malo. Pero nos han enseñado que la soledad es algo malo, que hay que huir de ella y evitarla a toda costa. “No es bueno que el hombre esté solo”, recordábamos antes que enseñan las tres principales religiones monoteístas. Y de verdad que lo hemos aprendido bien, hasta el punto de que somos incapaces de estar solos, de estar con nosotros mismos, de escuchar el latido de nuestro corazón y el silencio de nuestro espíritu. Porque aprendiendo a no estar solos hemos aprendido a no saber estar con nosotros mismos. La consecuencia de ello es que vivimos desconectados de nosotros mismos, de nuestra esencia, de lo que somos, y vivimos permanentemente distraídos hacia afuera; y la principal y mejor distracción que hemos encontrado para escapar de nosotros mismos son los demás. Pero, por eso mismo, nuestros encuentros, nuestras relaciones, no pueden ser auténticas, porque no nacen como un acercamiento expansivo de quien ha llegado a conocerse a sí mismo desde la soberanía de quien se sabe solo, sino que nacen de la indigencia de quien busca en los otros a quien le distraiga de sí mismo. Por eso no podemos amar.

¿somos conscientes?

sábado, 01 de enero del 2011 a las 14:49
guardado en

“No obres según tu conciencia; mejor obra con consciencia"

Desde muy pequeños nos decían que era muy importante actuar siempre en la vida “según tú conciencia”, queriendo con ello darnos a entender que nuestro comportamiento debía estar presidido por una adecuada rectitud moral. “Obra según tu conciencia”, proclamaban los viejos tratados de Moral, invitándonos a valorar antes de actuar si lo que vamos a hacer es o no ético. Sin embargo, la palabra “conciencia” nada tiene que ver con la Ética, y mucho, por el contrario, con la Moral. Si acudimos al diccionario de la RAE, nos define la “conciencia” como “conocimiento interior del bien y del mal”, es decir, aptitud para discernir lo que es bueno y lo que es malo, lo que es moralmente correcto de lo que no lo es. Y, efectivamente, la “conciencia” posee una marcada dimensión moral en la medida en que la Moral, etimológicamente, procede del vocablo latino “mos-moris”, que significa “costumbre”, es decir, aquello que el consenso social considera como apropiado, adecuado. “Se han perdido las buenas costumbres”, solía ser una frase recurrente de nuestros mayores para decirnos que no actuábamos de acuerdo a lo que ellos consideraban como “correcto” según la educación que habían recibido. Por tanto, obrar según la “conciencia”, significa hacerlo de acuerdo a las pautas y a las directrices que se nos dan. Más concretamente, cabe decir que todo grupo del que formamos parte —ya sea la familia, la empresa en la que trabajamos, nuestro círculo de amigos, etc.— posee una “conciencia colectiva” que viene a ser algo así como el código de normas de conducta que el propio grupo exige a cada uno de sus miembros para ser considerado como tal y permanecer dentro del grupo. Es decir, nuestra familia, por ejemplo, reclama de cada unom de sus miembros una determinada conducta que viene exigida por la conciencia colectiva familiar; si alguno de sus miembros actúa de manera contraria a esta conciencia familiar, el interesado tendrá “mala conciencia” de haber obrado contrariamente a lo que el grupo familiar espera y exige de él, y se sentirá culpable. De hecho la culpa no es más que el sentimiento de haber faltado a lo que la conciencia colectiva nos ordena hacer. La mayoría de nosotros nos pasamos toda nuestra vida referenciando todo cuanto hacemos, cada una de nuestras opciones y decisiones en la vida, al sentimiento de culpa o de inocencia que se despierta en nosotros; si no nos sentimos “culpables”, es señal de que vamos por el buen camino, mientras que si nos sentimos “culpables”, es que estamos obrando mal. Y esto —no hace falta explicarlo—, es un modo de actuar por completo insuficiente e inmaduro, y que pone de manifiesto que no acabamos de tomar las riendas de nuestra propia vida, sino que ésta sigue siendo por completo dirigida por los demás, por la necesidad de seguir perteneciendo al grupo. Eso nos da seguridad; una falsa y engañosa sensación de seguridad. Porque lo cierto y verdad es que nada hay seguro en la vida, empezando por la propia vida, que puede desvanecerse en el momento menos esperado. Pero esa necesidad de falsa seguridad que experiemntamos, nos hace vivir instalados en una minoría de edad crónica que nos impide responsabilizarnos de nosotros mismos y tomar los mandos de nuestra vida. Y así, podemos permanecer toda nuestra vida como pequeños “hombres bonsái”, formando parte de una caprichosa colección de alguien.

Crecer y madurar como personas exige asumir y aceptar que nada es seguro en esta vida; que lo primero que no es seguro es que vayamos a seguir vivos mañana, y que no estamos aquí para hacer lo correcto, lo que se espera de nosotros, sino para VIVIR con todas sus consecuencias. Cuando adquirimos CONSCIENCIA  de esta realidad, nuestra vida empieza a cobrar una nueva dimensión, y aunque perdamos nuestras viejas —aunque falsas— seguridades la vida deja de ser para nosotros un tren de vía estrecha con dirección y recorrido fijos, para convertirse en una ilusionante aventura sin recorrido ni destino conocidos.

 

Bitácora de marruecos

miércoles, 18 de agosto del 2010 a las 22:12
guardado en

BITÁCORA DE MARRUECOS

Fez Al-Bali. Lunes, 2 de agosto de 2010
Hemos aterrizado en el aeropuerto de Fez, procedentes de Madrid, a las 18:30 horas, aproximadamente. En la interminable cola ante los mostradores de control de pasaportes mantuvimos conversación con una chica de Valencia que ha venido a Fez a encontrarse con su novio, un marroquí al que conoció a través de una común amiga de ambos que estuvo viviendo en Valencia durante los 6 años en que cursó la carrera de Medicina. Nuestra amiga valenciana también es médica. Su novio, marroquí, deduzco debe de ser bastante celoso, a juzgar por el mal disimulado empeño que Clara —que así se llama nuestra amiga— ha puesto en separarse de nosotros nada más pasar el control de pasaportes, desde donde se accede directamente al hall del aeropuerto en el que esperan los amigos, familiares y allegados de los viajeros. Sin más, se ha despedido apresuradamente de nosotros y, sin apenas mirarnos, ha salido disparada cuando ha visto a su novio entre la gente que aguardaba a los pasajeros recién llegados. Al salir de la terminal un azote de fuego nos ha sacudido en la cara. Un termómetro marca 43 grados de temperatura. Los taxistas, a la caza del pasajero, nos ofrecen llevarnos a la Medina por 250 dirhams, y en vez de tomar un taxi hemos optado por coger el autobús que lleva a la Ville Nuouvelle de Fez. Más exactamente, el autobús nos ha dejado junto a la estación de autobuses, desde donde —tras el inevitable regateo— hemos tomado un petit-taxi que por 10 Dh nos ha llevado hasta la Bab Boujloud, puerta con tres arcos de herradura que es la entrada principal a la Medina de Fez (Bab, en árabe, significa “puerta”). Con nosotros ha compartido el taxi un chico madrileño muy de estética alternativa y peinado rastafariano cuyo destino final es Chef Chaouen, la meca de los europeos que buscan consumir hachís de calidad a buen precio. Una vez entramos en la Medina atravesando la Bab Boujloud, bajamos por la Tala A’kbira —una de las dos calles principales que atraviesan la medina de norte a sur—, y llegamos al derb Bensalem, en el que se encuentra la pensión Dar Bounnania en la que tenemos previsto alojarnos durante nuestra estancia en Fez. Ni José ni yo nos hemos hospedado antes en esta pensión en ninguna de las ocasiones en que cada uno de nosotros estuvo antes por aquí. Apenas hemos entrado, he notado de inmediato que a José no le ha convencido demasiado el lugar. A mí, por el contrario, me ha parecido un buen sitio, cómodo, agradable y con una razonable relación calidad-precio. Se trata de una casa tipo riad, es decir, una casa tradicional marroquí construida en torno a un patio central desde el que se accede a cada una de las amplias habitaciones que se distribuyen a lo largo de tres plantas. Desde la tercera planta, continuando la escalera, se accede hasta una magnífica azotea con varias mesas en las que suele servirse el desayuno por las mañanas, y desde la que puede verse una magnífica vista de la Medina que ofrece su perfil contorneado por los incontables tejados de las casas desiguales en altura. Las torres minaretes de las mezquitas señalan con su presencia enhiesta la demarcación aproximada de los distintos barrios de la Medina. En cada barrio suele haber una mezquita, de cuya importancia habla la mayor o menor complejidad arquitectónica y riqueza ornamental de su minarete. A la vista del magnífico escenario que puede verse desde la azotea, y pensando, sin duda, en las magníficas vistas que desde ella podrá pintar, José se ha mostrado algo más conforme.
Nada más dejar nuestras mochilas en la habitación, hemos salido a dar una vuelta por la medina, y en un derb próximo hemos logrado dar con la pensión Kawtar, en la que José había estado alojado cuando hace dos años vino aquí por primera vez; el recepcionista, un chico joven —Omar es su nombre— nos ha dicho que aún le quedaba una habitación con 2 camas todavía disponible, de modo que hemos quedado en trasladarnos allí desde nuestra pensión mañana por la mañana. La casa es bastante más básica y menos agradable que Dar Bounannia, lo que también tiene su reflejo en un precio mucho más módico: 90 Dh por noche, desayuno incluido [algo menos de 9 euros].
La Medina, como siempre, está rebosante de vida. El inconfundible bullicio de sus calles y derbs nos confirman que estamos, una vez más, en Fez, donde el tiempo parece haberse detenido hace siglos. Cuando uno atraviesa la Bab Boujloud para adentrarse en la Medina, tiene la sensación de haberse introducido por alguna fisura del tiempo hasta épocas remotas en las que, sin embvargo, Fez ya era exactamente igual a como hoy la conocemos. Los inconfundibles olores, permanentemente cambiantes en cuestión de pocos metros, despiertan de inmediato el recuerdo reciente de mis últimas estancias en Fez. De todos los sentidos, acaso sea el olfato el más evocador de todos ellos, como si las pituitarias fueran el lugar en que residen las emociones más vivas. La trayectoria de la memoria olfativa no va desde el recuerdo a la percepción, sino desde la percepción recuerdo.
Atravesando la galería cubierta del mercado en un tramo de la Tala A’kbira, reconozco el inolvidable hedor que desprenden los cadáveres de animales de las carnicerías, y el fuerte olor agrio a verduras y fruta en putrefacción que acelera el fuerte calor en esta época del año. José me hace pensar con una de sus observaciones: “Aquí, desde que nacen, aprenden a familiarizarse con el olor de la muerte, y lo incorporan a la vida diaria de tal manera que acaban por no percibirlo”. Apenas unos metros más allá huele profusamente a corral y a pienso, y el enloquecido cacareo de las gallinas, que enjauladas se ofrecen vivas a la venta, nos transporta a un mundo ya inexistente en nuestras ciudades europeas. A escasos pasos,  un puesto en el que se vende agua de rosas embotellada perfuma súbitamente el ambiente con un intenso aroma. Más adelante continúan algunos puestos de artesanía típica marroquí en los que se venden azulejos [al zellij] esculpidos a mano, kaftanes, yalabbas y galabiyyas, pipas para fumar hachís de incontables formas y tamaños, tambores, panderos y otros instrumentos tradicionales, objetos de bisutería bereber, vasijas de barro y vidrio, gorros morunos, pañuelos y pasminas, objetos y adornos de plata, babuchas y sandalias de múltiples diseños…
El incesante fluir bullicioso de gentes que suben y bajan por la Tala A’kbira y los incontables estímulos que reclaman la atención de todos los sentidos empiezan a aturdir. Este desenfrenado flujo de vida que, como una riada, recorre la calle, nos recuerda que todavía es posible la espontaneidad del ritmo natural de la vida aun entre edificios. Contrasta este espectáculo de vitalidad y ritmo con la fea inercia acelerada de nuestras ciudades del mundo desarrollado, más confortable, sin duda, pero también más muerto.
Cenamos en una de la muchas terrazas un cous-cous con verduras y carne de cordero por un módico precio, y después vamos a tomar un café al Café-Clock, lugar de reunión de viajeros de aire alternativo; aquí se reúnen, también, jóvenes marroquíes que buscan una vía de contacto con lo europeo. Este café se encuentra en pleno corazón de la medina, debe su nombre al reloj de agua que se halla sobre la cornisa del primer piso de la fachada que da a la calle. El ingenio consiste en un sistema de canalización de agua sobre el que doce pequeñas ventanas con puertas de madera tallada señalan las horas del día o de la noche; el exacto recorrido del agua por los conductos invisibles desde el exterior, hacen que con absoluta precisión a cada hora se abra una de las puertas de las doce ventanas. Sencillamente genial. Al edificio del Café-Clock se accede por un estrecho pasadizo a cuyo fondo se encuentra la puerta de acceso al viejo caserón, tipo riad, de 3 plantas más la azotea, graciosamente decorado en una curiosa mezcla de estilos que yo llamaría “casual-arabic”. Subimos hasta la amplísima azotea y nos sentamos junto a un grupo de jóvenes marroquíes que con un par de guitarras y un tambor alternan clásicos de Cat Stevens, U2 o John Denver con canciones de ritmo tribal arábigo. Nos sumamos al canto cuando la letra nos es conocida, y cuando no, simplemente acompasamos la música con la improvisada percusión de nuestras manos sobre el tablero de la mesa baja de té junto a la que estamos sentados, o sobre las tablas del propio banco que  nos sirve de asiento. La música y el ritmo —lenguaje universal más allá de las palabras— producen la magia de la comunicación plena a pesar de la recíproca ignorancia de nuestros respectivos idiomas. En medio de esta noche estrellada, y al ritmo de la música, desde esta mágica terraza del Café-Clock la medina de Fez ‘El-Jedid se nos ofrece perfilada por los fantásticos contornos que dibujan las luces ambarinas que se proyectan sobre las fachadas de algunos edificios, mientras la ciudad empieza a recogerse para descansar. Justo enfrente de nosotros, como un fanal iluminado, se yergue, fantasmagórico y contundente, el minarete de la mezquita madraza [escuela coránica] de Bounnania recubierto con azulejos “verde Fez”.

Fez Al-Bali. Martes, 3 de agosto de 2010
A las 09:00 horas salimos de la pensión para desayunar algo en la Medina; lo hacemos a la usanza marroquí: en uno de tantos puestos compramos un par de tortas bereberes y dos “cuernos de gacela” —dulce muy parecido al mazapán y con forma de media luna—, y nos sentamos en la terraza de uno de los cafés situados junto a la Bab Boujloud, en el que pedimos unos cafés con leche. Desde este observatorio de privilegio a pie de calle vemos el despertar perezoso de la Medina. Los mercaderes del zoco abren sus pequeños tenderetes y comercios. Algunos empujan un carro de mano cargado con las mercaderías. Pasa por delante de nosotros el repartidor del butano llevando las bombonas cargadas en un embaste de yerro a lomos de una mula. Poco a poco se van levantando las persianas metálicas de los puestos y la vida empieza, lentamente, a recobrar su ritmo diario.  Sentados en la terraza del café contemplamos —sin prisa, sin tiempo— el pulso todavía lento, pero cadencioso, de la Medina que despierta de nuevo. Pienso que este ritmo —que desesperaría a cualquier ejecutivo condenado a triturar sus horas sin sentido sentado en la oficina de cualquiera de las ciudades del mundo rico— es más a la medida del hombre y de sus ritmos vitales; el tiempo ofrece aquí una nueva dimensión de profundidad. En nuestras ciudades el tiempo —kronos— discurre lineal, vertiginoso y sin matices, como un vector trazado tan sólo en las dos dimensiones de un plano. Aquí, por el contrario, el decurso del acontecer es una orgía de infinitos matices llenos de viveza que son un permanente estímulo para ejercitar la atención, haciendo de lo más insignificante y cotidiano, un verdadero acto meditativo. Nada se espera; simplemente se observa, se contempla, desde la profundidad tridimensional en la que cada cosa tiene su momento oportuno, su kairós.
Una mujer vestida todavía en camisón y completamente despeinada tiende la colada en una terraza que es, al mismo tiempo, el voladizo que da sombra al café que hay  justo enfrente de nosotros. Debajo de ella, a pie de calle, otra mujer cubierta con un hiyab friega, después de haberlo barrido, el zaguán de una pequeña tienda que, revestida con los símbolos y brillantes colores corporativos de una compañía de telefonía móvil, desentona por completo con la monocorde cromaticidad ocre omnipresente en todos los edificios y que constituye la vestimenta uniforme de la Medina; la irrupción de los colores vivos característicos de los usos y modos comerciales de occidente resulta grosero y de mal gusto en este lugar.
Después del desayuno nos ponemos en marcha hacia la pensión Kawtar en la que ayer tarde apalabramos una habitación doble por el módico precio de 120 dh. Ayer nos dijeron que hoy dispondrían de una habitación libre, pero no es así, e insisten en que volvamos mañana pues, nos aseguran, podremos ocuparla; el “vuelva usted mañana” que con tanto acierto describió Mariano José de Larra como uno de los vicios netamente españoles, descubrimos que, como tantas otras cosas en nuestro país, encuentra su raíz en estas latitudes.
Caminamos por la Medina. Toda ella es un inmenso zoco en la que todo se vende y todo se compra. Una legión de jóvenes desocupados y ociosos de entre 15 y 20 años invade la calle a la caza y asalto del turista. Estos muchachos sin oficio abordan sin desmayo al extranjero repitiendo un invariable rosario de frases que recitan como una letanía monótona en el idioma del país del que suponen procede la presa.
—Hola amigo. Bienvenido. ¿Qué necesitas, amigo? ¿Qué buscas, amigo? ¿Restaurante? ¿De dónde eres amigo? ¿De España? ¿De Barcelona o de Madrid? ¿De Madrid? Vaya, vaya, aquí no hay playa…
Una y otra vez, a cada paso, la misma retahíla con las mismas frases. Nos detenemos en algunos de los comercios en los que encontramos mercaderías de lo más variado y objetos curiosos. En todos ellos nos ofrecen entrar en el consabido juego del regateo: —“precio democrático” —suelen decir esperando que contraofertemos al exorbitante precio que nos piden de salida—.  El regateo tiene su pequeña ciencia. La clave no está —contrariamente a lo que se piensa— en cuánto nos vamos a ahorrar con respecto a lo que pagaríamos por el mismo producto en Madrid, sino que el principio y fundamento para obtener un buen precio está en saber de antemano cuánto estamos dispuestos a pagar como precio máximo por algo; una vez tenemos esto claro, el espacio que hay entre el precio inicial que nos piden y lo que estamos dispuestos a pagar, es el margen que tenemos para jugar al regateo. Orientativamente sí diré que cuando nos piden un precio de salida, muy seguramente están dispuestos a aceptar por la mercancía una tercera parte de ese precio. En todo caso, es preciso saber que, de uno u otro modo, un marroquí podrá adquirir los mismos productos siempre a un precio inferior al más barato que podría llegar a obtener un extranjero; esto es una máxima de ineludible cumplimiento, de manera que conviene no perder de vista que en ningún caso, y por muy barato que pueda arecernos el precio final obtenido, venderán a un extranjero al mismo precio que venderían a un marroquí.
Entramos en una tienda en la que se venden las tradicionales vestimentas marroqíes, como yalabbas, galabiyas, kaftanes y foulards. Pongo mi atención en una yalabba de un buen paño de color pardo; es una buena prenda de abrigo para el invierno madrileño si uno es capaz de armarse de valor y trascender a las miradas de curiosidad y extrañeza que con seguridad esta prenda de abrigo reclamará en Madrid. El moro me pide 900 dírhams (dh.) como precio de salida. Le contraoferto 200 dh; hace todo tipo de aspavientos mientras me dice que con esos precios se va a arruinar; me encojo de hombros y hago ademán decidido de irme de la tienda; —“espera, amigo” —me dice reteniéndome mientras me agarra por el brazo— “800 dh”; —“no, no, no… “— le digo tajante, zafándome de él y dirigiéndome a la calle; —“¿cuánto, amigo?” —insiste—; —“300 dh mi último precio” —le respondo—; “no puedo aceptar ese precio, amigo” —me dice mientras dobla la prenda para dejarla donde estaba—; salgo a la calle y apenas he avanzado unos metros me grita: “ven, amigo, ven… Vale, 300 dh”. Es un buen precio, aunque un marroquí siempre adquiriría esta misma prenda a un precio algo más bajo, entre 240 y 260 dh.
El sol se cierne inmisericorde sobre nuestras cabezas y buscamos cobijo a la sombra de una de tantas terrazas que ofrecen menús al más puro estilo marroquí por apenas 40 dh (algo menos de 4 euros). El insoportable calor de las primeras horas de la tarde nos lleva de regreso a la pensión; ¿qué otra cosa, sino sestear, puede hacerse con una penitencia de 43°C a la sombra?
La vida transcurre lenta, despaciosa, entre los muros de la Medina de Fez. El simple “estar” resulta aquí un buen lenitivo contra la prisa y la velocidad mental que traemos incorporada desde nuestras grandes ciudades de Europa.

Fez El-Bali. Jueves, 5 de agosto de 2010
Escribo esta crónica ante una taza de buen café en el Café-Clock; esta es una de las servidumbres de ser adicto a la cafeína; uno es ya adicto a tantas cosas…
Esta noche hemos dormido en la pensión Kawtar, a la que nos mudamos ayer a primera hora de la tarde. Dejamos la pensión Dar Bounannia, más confortable y mejor acomodada pero, también, algo más cara. El motivo principal del cambio no ha sido, sin embargo, el precio —apenas alcanza a 5 euros lo que nos ahorramos al día —, sino, más bien, el hecho de buscar un lugar con algo más de la magia y el encanto de los lugares de parada y fonda de mochileros. En estos sitios resulta más fácil —casi inevitable, diría— conocer gente interesante de procedencias y experiencias muy diversas. Ayer, por ejemplo, al llegar por la noche a la pensión Kawtar subimos a la azotea a contemplar el magnífico cielo estrellado de Fez y disfrutar del ligero alivio de la noche. Allí trabamos conversación con una joven suiza de 24 años —Suzzane es su nombre— que ha venido a Marruecos con su novio, al que no llegamos a conocer ya que duerme en su habitación mientras conversamos con ella. Suzanne es psicóloga, y nos confesaba que una vez ha terminado sus estudios en la universidad de Ginebra se ha dado cuenta de que la Psicología no le interesa lo más mínimo, y ahora está pensando en cursar un postgrado en Comunicación. Coincidíamos en considerar el fracaso de los sistemas educativos tal y como están enfocados; se enseñan y transmiten teorías, conocimientos librescos que pocas veces guardan relación alguna con la experiencia práctica que la vida ofrece. Comentaba ella algo que también yo he pensado acerca del papel de los psicólogos en nuestras sociedades: al final han terminado por convertirse en diagnosticadores y clasificadores del comportamiento humano. La misma sociedad que tanto contribuye a generar y a alimentar la neurosis en el hombre moderno, es, al propio tiempo, la que construye complejas teorías acerca de la conducta humana, y la que decide cuál es la frontera que delimita lo “normal” y lo “anormal” en el comportamiento humano, e instruye a los especialistas que han de acomodar la conducta de los individuos de acuerdo a estos estándares. Y es que, finalmente, nos cuesta dejar que cada quien sea y se comporte de acuerdo a quien realmente es, porque, precisamente, es eso lo que remarca verdaderamente nuestras diferencias como individuos y nos hace únicos a cada uno de nosotros; y, al final, lo distinto, lo diferente, lo que no se ajusta a patrones preestablecidos, nos produce miedo, inseguridad, nos hace sentirnos amenazados; es por eso que todas las sociedades ponen tanto empeño en normalizar al individuo, y se ha terminado por convertir la democracia en igualitarismo.
Mientras conversamos con Suzanne un grupo de italianos han subido también hasta la azotea. Es difícil encontrar a un italiano que viaje solo, e incluso en parejas; suelen hacerlo en grupos de al menos tres. Estos forman un grupo de siete. De todos los europeos, son acaso los italianos los que más necesidad parecen tener de sentirse dentro de la manada. Escuchamos que hablan de Berlusconi, a quien están poniendo a caer de un burro. Y aunque probablemente no les falta razón en lo que dicen de Il Cavaliere, me doy cuenta de la necesidad que todos tenemos de dar con alguien sobre quien descargar la responsabilidad y la culpa de todo lo malo. Buscamos un chivo expiatorio que nos desculpabilice y desresponsabilice de nuestros propios errores y limitaciones; mientras haya alguien a quien poder señalar con el dedo evitaremos tener que mirar cada uno dentro de nosotros mismos; es esta la manera más cómoda de instalarnos en el inmovilismo individual. ¿Qué es lo que han hecho siempre todas las dictaduras y todas las revoluciones? Pues precisamente eso: despertar, animar y dirigir el consenso social hacia una víctima propiciatoria en la que ensañarse, para asegurarse de ese modo que, finalmente, todo queda igual que estaba antes, y es tan solo la detentación del poder la que ha cambiado de manos.
No pretendo negar la necesidad y utilidad de lo colectivo, de lo societario, pero creo también muy necesario que el ser humano redescubra la conciencia de individuo, de ser único y solo, porque hasta tanto no asumamos la individualidad y la soledad como parte ineludible de lo que cada uno de nosotros es, seguiremos instalados en la minoría de edad crónica en la que nos hallamos, haciendo de lo comunitario, lo colectivo y lo societario un escenario público en el que diluir nuestra falta absoluta de certezas, y en el que seguir escondiéndonos, cada uno de nosotros, de nosotros mismos. El Derecho ha comprendido y asimilado a la perfección esta tendencia escapista de la que hablo dando cabida a figuras legales que garantizan esta posibilidad de que el individuo se esconda y se refugie de la propia responsabilidad al amparo del colectivo. ¿Qué son, si no, figuras tales como la “sociedad anónima, en la que ninguno de sus miembros resulta finalmente responsable de sus propios actos, sino que es la sociedad, como ente colectivo, quien asume por entero la responsabilidad que de los propios actos correspondería asumir individualmente a cada uno de sus miembros?
Son las 20:30 horas; el sol está a punto de ponerse y un aire fresco, inusual por estos lugares, refresca la Medina abrasada después de un día bajo el azote de un sol implacable. Desde la azotea la vista encuentra reposo y se adormece en un horizonte arrebolado de púrpura con veteados intensos de luz anaranjada.  El canto de los muecines rompe la caída de la tarde, superponiéndose unas sobre otras con la monotonía —pero también la magia— de una inercia de siglos… Allahu ‘akbar…Allahu ‘akbar… liah allahu Illah ‘Allah… liah allahu Illah ‘Allah… Mohammad’un rasul ‘Allah… Mohammad’un rasul ‘Allah…
José, que ha trepado y subido una silla hasta el techo de un cobertizo de la azotea, pinta con acuarelas el contorno de la Medina.

Camino de Meknés desde Fez. Viernes, 6 de agosto de 2010
El tren que nos lleva desde Fez hasta Meknés discurre veloz en medio de una planicie árida inmensa. Dentro del vagón el calor es asfixiante; con seguridad por encima de los 40 grados. En el asiento inmediatamente detrás del nuestro viajan dos estudiantes holandeses con los que ayer coincidimos en la mezquita madraza de Mulay Idris. Entablo una breve conversación con uno de ellos; se llama André y estudia Lengua y Literatura holandesas en la Universidad de Amsterdam; viajan también a Meknés, desde donde tienen pensado dirigirse después hasta Chef-Xaouen. Un hombre marroquí bastante obeso sentado en el asiento frente al mío se abanica haciendo molinillos en el aire con una toalla; cuando nuestras miradas se cruzan, gesticula arqueando las cejas y resoplando expresando el solidario padecimiento de la insoportable temperatura.
Llegamos a la estación de Meknés después de 1 hora de viaje, y desde allí cogemos un taxi que nos lleva hasta la Medina, junto a la Bab Al-Manssur (Puerta de Almanzor), que da acceso a la ciudad imperial, comenzada a construir por Mulay Ismail, pero concluida, a comienzos del siglo XVIII por su hijo Mulay Abdallah. Frente a Bab Al-Manssur, la gran plaza de El-Hedim separa la ciudad imperial del recinto amurallado de la Medina. Esta plaza, verdadero corazón de la vieja Meknés, constituye el lugar de reunión y encuentro de los mekníes y visitantes. Desde la plaza se accede a la Medina por su puerta principal, por la que accedemos, y, apenas traspasada, nos vemos asaltados predeciblemente por uno de tantos “agentes” improvisados que se ofrece para buscarnos alojamiento. Le decimos bien claro que no estamos dispuestos a pagar más de 250 Dh por noche. Nos conduce entre callejones hasta un riad cuyo interior ofrece un muy buen aspecto; se trata de una casa antigua, delicadamente restaurada al más puro estilo marroquí; desde un patio central, las habitaciones se distribuyen en las tres plantas de altura. Nos piden 450 Dh por día, y como comprueban nuestra firmeza en declinar su oferta, se abre el consabido y extenuante regateo. Finalmente arreglamos precio a 250 Dh por día, desayuno incluido. Desde la azotea puede verse una magnífica panorámica de la Medina. Después de una refrescante ducha, duermo una siesta de una hora. Tras despertarme abro mi netbook con la intención de continuar la crónica del día; compruebo que he dejado olvidado el cargador en la pensión Kawtar de Fez; llamo por teléfono y me confirman que esta mañana lo encontró la señora de la limpieza al hacer la habitación que hemos dejado esta mañana; decido ir hasta la estación y cojo el primer tren hacia Fez, que va atestado de gente hacinada en los compartimentos y a lo largo de los pasillos. El fuerte olor a sudor de tanta humanidad reconcentrada resulta asfixiante. Tras una hora de viaje llego a la estación de Fez, donde tomo un petit-Taxi hasta Bab Boujloud. Recojo el cargador del portátil en la pensión y me refugio del ruido incesante y el barullo de la medina en mi rincón habitual del Café-Clock, donde doy buena cuenta de una pechuga de pollo a la plancha con vegetales que me sabe a gloria. Ahora tendré que hacer tiempo hasta la 1:00 am en que sale el próximo tren hacia Meknés; el reloj marca todavía las 22:45; estimo que estaré de regreso en Meknés alrededor de las 2:30 am.
Comentábamos José y yo estos días que el desorden, el caos y el barullo de las medinas de Marruecos son como la antesala de la India; no creo difiera mucho. El ruido incesante, el ir y venir constante de gente en todas direcciones, chocándose a veces unos con otros, los tan intensos y variados olores en una gama que va desde el sándalo y el incienso, hasta el fuerte hedor de la fermentación orgánica de los restos de vegetales y animales junto a los puestos de alimentos, me recuerdan a la descripción de las ciudades viejas de la India que he encontrado en muchos de los libros de viajes a aquellas tierras.

Meknés. Domingo, 8 de agosto de 2010
Ayer, sábado,  pasé la mayor parte del día en la cama con síntomas de un fuerte golpe de calor (dolor de cabeza, dolor articular y muscular, malestar general, fiebre) y no me encontraba con ánimo para escribir. Hoy he amanecido algo más descansado, aunque todavía no restablecido por completo. Aún con todo, hemos marchado a visitar dos pueblos cercanos a Meknés: Mulay Idris y Volubilis.
A las 10:00 am, hemos tomado en la estación de autobuses de Meknés un autobús —y digo “autobús” por centrarnos en algún concepto— hacia Mulay Idris. La estación estaba abarrotada de gente, con el habitual babel de gritos y voces que se produce allí donde hay más de cuatro árabes juntos. Subimos al autobús después de comprar los billetes —6 dh. cada uno para una distancia de algo más de 30 kilómetros—, y salimos para Mulay Idris. El autobús es un viejo y desvencijado cacharro que debe llevar en servicio como 20 años de prórroga después de amortizado. Por entre el mugriento tapizado de los asientos  —lleno de manchas y lamparones con origen de imposible adivinación— muchas veces asoma su estructura metálica. El calor resulta insoportable en el interior de esta vieja carcasa de hierros y chapa recalentada por el sol abrasador que ya azota de desde tempranas horas. El motor ruge carraspeando con una fatiga de años que hace sentir toda su mecánica al borde de la extenuación en un tremendo estertor. Junto con nosotros viaja un pasaje de lo más variopinto: señoras de avanzada edad ataviadas con el agobiante niqab y cagando con enormes bolsas llenas de cachivaches; hombres con aspecto de campesinos portando más paquetes de los que un ser humano puede transportar; niños mal vestidos y calzados con chanclas y sandalias desparejas; ancianos ataviados a la más genuina usanza mora que parecen salidos de una ilustración de un cuaderno de viajes de Pierre Lotti; chicas jóvenes con ropas occidentales y el rostro y cabello al descubierto que nos recuerdan que estamos en uno de los países islámicos menos azotado por los rigores del islamismo. El autobús avanza lento, con un ritmo a veces desesperante, por la serpenteante carretera que conduce a la ciudad santa de Mulay Idris. Ésta debe su nombre al fundador de la primera de las dinastías reinantes en Marruecos —la de los idrissiíes—. Fue el mismo Mulay Idris quien fundó, también, Meknés y Fez en el siglo VIII, después de haber congregado una vasta hueste de guerreros bereberes en las proximidades de la vieja ciudad de Volubilis —a apenas 3 kilómetros de Mulay Idris—, para, después, lanzarla a una rápida campaña de conquistas que le permitieron ofrecer al Islam territorios hasta entonces no convertidos a la fe del profeta Mohammed. Llegamos a la ciudad de Mulay Idris y descendemos del autobús que nos ha traído. El calor resulta insoportable. El termómetro de un café marca 47 grados centígrados. La población está ubicada en la ladera de un monte, al cobijo de los vientos abrasadores de la inmensa planicie que se abre, infinita, a sus pies. Recorremos sus empinados callejones hasta donde parecen no haber accedido jamás los pies de ningún visitante extranjero. Nos cruzamos con algunos lugareños que nos miran con extrañeza; “¿qué pueden haber venido a buscar hasta aquí estos dos extranjeros?”, parecen preguntarse. Una mujer, a la sombra del zaguán de su casa, hace la colada restregando a mano, en una enorme palangana de zinc y sobre una tabla estriada, prendas de ropa enjabonadas abundantemente; el olor del jabón casero al aceite se mezcla con el frescor de la sombra del callejón regalándonos, por un instante, la sensación de que incluso en este lugar es posible un respiro a los rigores del clima. Los laberínticos callejones nos empujan continuamente hacia la cima del pueblo desde donde se divisa la imponente contundencia de una llanura árida y seca tachonada de olivos y arganes. Regresamos a la base del pueblo descendiendo por los callejones que más umbríos nos parecen, y llegamos a las puertas del mausoleo en que reposan los restos del Mulay Idris. Una barrera delimita el acceso al recinto sagrado no permitido, tal como lo anuncia un letrero esculpido en piedra, a los no musulmanes. De hecho hasta mediados del siglo XX estuvo por completo prohibido el acceso de no musulmanes siquiera a la propia población; hacia 1952 las autoridades marroquíes levantaron este veto integral si bien aún todavía hoy se mantiene con respecto al lugar del enterramiento de esta figura singular del Islam venerada por los marroquíes. Hay quienes aseguran que 5 peregrinaciones al mausoleo del Mulay Idris equivalen al hajj (peregrinación a la ciudad santa de la Meca ordenada por los preceptos islámicos).
Decidimos, a pesar de lo arriesgado de la hora —son las 14:30 pm, y el sol azota sin misericordia tanto a fieles como a infieles—, llegar hasta la cercana Volubilis, una antigua población romana de la que tan sólo quedan apenas unos restos arqueológicos que nos recuerdan que estas tierras fueron parte del Imperio Romano antes de convertirse, siglos más tarde, a la fe del Profeta . El único modo de llegar hasta allí es en coche, de manera que comenzamos el habitual y agotador regateo que, a causa del calor insoportable, resulta todavía más extenuante de lo habitual. Acordamos un precio razonable de 12 dh (1,20 euros) por la distancia de apenas 3 kilómetros hasta Volubilis. Una vez allí comprobamos que la palabra “ruina”, más allá de connotaciones arqueológicas, posee en su acepción vulgar pleno significado en este lugar, pues el estado que presentan los restos de la ciudad romana son de un lamentable deterioro más por la dejadez y el descuido que por el paso de los siglos. Ofrecen cierto valor los solados de mosaico que se conservan casi completos en algunas partes de la ciudad. Por lo demás, los restos despedazados de capiteles y fustes se apilan en desorden por todas partes. A la salida de las ruinas ajustamos precio con un taxista que nos lleva de regreso hasta Meknés por 80 dh. El cielo está cubierto y el calor absorbido por la tierra durante todo el día convierte la atmósfera en prácticamente irrespirable. El taxi que nos lleva de regreso es un viejo y desvencijado Mercedes del que tan sólo parece permanecer con cierta integridad el motor, pues el caso es que el coche avanza sin contratiempos por la carretera. La tapicería, el salpicadero, los tiradores de las puertas y otras partes del vehículo  no son, desde luego, los originales, sino el resultado de repetidos recambios por otros de manufactura casera. Por fin rompe a llover y las primeras gotas se estrellan sobre el parabrisas como sonoros impactos de barro. El penetrante olor a tierra mojada produce una inmensa sensación de alivio. La temperatura parece haber descendido de golpe en unos 15 grados. Después de 45 minutos de viaje llegamos a Meknés, y para reponernos de los rigores del calor del día buscamos cobijo al frescor del patio del riad en el que nos hospedamos. Después de darnos una reconfortante ducha salimos a recorrer los zocos. Aquí, en Meknés, donde el turista apenas recala, todo conserva un sabor más genuino, más auténtico, comparado con otras ciudades de Marruecos. A la caída del sol la plaza de El Hedimm se convierte en lugar de reunión de los mekníes. Aquí se ofrece a nuestros ojos un entretenido universo de lo más variado: brujos vendiendo curas y remedios para todo tipo de males; sacamuelas que exhiben, sobre unas esterillas costrosas, piezas dentales y molares extraídas con unas tenacillas completamente recubiertas de óxido; músicos y danzantes sufíes al son de enfebrecidos ritmos espirituales que hablan de la búsqueda de Dios; contadores de historias que con sus inverosímiles cuentos en dariyya —dialecto marroquí— congregan a su alrededor a una parroquia de crédulos y boquiabiertos lugareños; jóvenes desocupados que, sin otro quehacer más provechoso, matan las horas sentados sobre algún poyete con el que parecen haber hecho cuerpo. Este es pulso palpitante, vivo, del más genuino y auténtico Marruecos. Aquí el tiempo parece no conjugarse más que en presente, pues en medio de este escenario preñado de historia todo parece carente de progreso, como una permanente e infinita rememoración de un pasado todavía vivo hecho de glorias muertas.

Meknés. Lunes, 9 de agosto de 2010
El día de hoy ha transcurrido desesperantemente lento. Una atmósfera de fuego se ha cernido sobre esta pequeña ciudad de Meknés convirtiéndola en una suerte de zarza bíblica que, como la de Moisés, ardía sin consumirse. He dedicado la mañana a pasear por los zocos, prestando especial atención a las platerías en la que los orfebres trabajan y exhiben sus manufacturas. Llama la atención la querencia, omnipresente en todo el mundo árabe, por los dorados. Junto con finas piezas de plata cuidadosamente trabajadas, muchos escaparates exhiben joyería de oro de un mal gusto para el que no encuentro palabras. Collares, pendientes, anillos, y toda suerte de complementos de una vistosidad ostentosa que daña la vista. Pero —no entiendo muy bien el por qué—, en todos los países árabes que llevo visitados he encontrado esta misma propensión a confundir belleza con ostentación, poniendo siempre al descubierto que la divisoria entre lo más sublime y lo más  hortera, apenas es una finísima línea que es fácil traspasar sin darse cuenta de que se ha rebasado. José anda buscando una yalabba para la pequeña Nicoleta, pero no termina por decidirse ya que no está seguro de sus medidas. Esta noche le preguntará a Graciela cuando hable con ella por teléfono.
Sin apenas darnos cuenta el olor aromático del cedro y el ruido de las herramientas de los carpinteros nos conducen hasta los callejones en los que éstos tienen sus talleres. Entramos en uno de ellos, agradecidos al artesano por concedernos asilo, siquiera por unos momentos, en el frescor de su taller, perfumado por las maderas, al resguardo del insoportable fuego del día. Trabaja —nos cuenta— principalmente el cedro, con el que confecciona mesas, sillas, marcos, molduras con los más variados diseños. Nos muestra, orgulloso, sus herramientas: una acepilladora y un tupí mecánicos que cuenta con un juego de fresas de las más variadas formas que le permiten materializar casi cualquier diseño imaginable para los geométricos motivos de las molduras que fabrica. José —que conoce muy bien el trabajo de la madera— queda fascinado por la modestia de los medios y la capacidad creativa que es posible desarrollar con ellos. En otro taller próximo, y con una gubia que macea con un taco largo de madera a modo de percutor, un chico de unos 14 ó 15 años, esculpe disciplinadamente, con la tenacidad de un aprendiz que apenas comienza a desarrollar cierta destreza, los trazos de un dibujo previamente perfilados sobre la madera sirviéndose de una plantilla. El muchacho —me doy cuenta— se esmera en el trabajo al sentirse observado por nuestro silencio. La precisión de cada golpe hace que la gubia hiera la madera y rebane la exacta cantidad y forma de materia que termina por desprenderse formando caprichosas virutas. Nos despedimos con un gesto amable que él nos devuelve con una sonrisa satisfecha como queriendo expresar su íntima convicción en que merece la pena el esfuerzo dedicado a todo lo que lleva aprendido en el oficio.
La canícula y el sopor de la tarde se nos vienen encima como una condena perpetua de la que intentamos escapar buscando el escondido espacio umbrío de nuestra habitación del riad. Consigo dormir una siesta reparadora buscando, más que el descanso, poder salir del mundo de los vivos al menos durante las horas en que el calor resulta más insoportable. Cuando el sol termina por rendirse y desaparecer, nos acercamos hasta la plaza de El-Heddim. Un grupo de músicos sufíes congrega a su alrededor a buen número de curiosos. Y eso es lo que somos nosotros dos. La música de estos “locos de Dios” suena alegre, vital, rebosante de vida y de energía en un chocante contraste con la languidez del transcurrir del tiempo que, enlentecido por el sofocante calor, imagino estuviera atrapado dentro de los relojes bandos del genial Dalí. Con los músicos está Aziz, un hombre de unos 45 años, natural de Meknés, y a quien ayer conocimos mientras tomábamos un café sentados en una de las terrazas de la plaza. En cuanto nos ve sale del grupo y viene a saludarnos afectuoso, cordial, con su sonrisa inocente que —le insisto— jamás debería perder. Aziz pertenece a la corriente espiritual del Islam, el sufismo (del árabe soffiya, que significa “limpio”, “puro”), en la que encontró su camino después de una peripecia vital dolorosa de desencuentros permanentes consigo mismo y con su historia. El sufismo entronca con las más ricas tradiciones místicas que se encuentran en todas las grandes religiones, pero que, alejadas de los enunciados dogmáticos compartidos por la gran mayoría, buscan el camino del auténtico conocimiento en el núcleo más profundo del corazón, donde permanece intacta, inmaculada, la esencia de lo que somos, y donde no hay lugar para otra cosa que no sea el Amor. Ayer, en medio de la magia de la noche inacabable de Meknés, Aziz nos abrió su corazón compartiendo con nosotros su experiencia de vida, en la que el encuentro con la presencia real del Espíritu en su vida le rescató del profundo dolor y sinsentido en el que vivía atrapado. Desde entonces, y con el acompañamiento de un anciano maestro sufí, sastre de oficio, hasta el que la haqîqa [verdad del corazón] le había conducido, pudo ir recomponiendo el puzle de su propia historia, ensamblando, como si de un mosaico se tratara, los pedazos en que ésta había acabado por fragmentarse. En el sufismo encontró Aziz el camino hacia la wadhat al-wujûd o unidad del Ser: todo es Uno, y somos Uno con todo.
Le habíamos visto entre el grupo de músicos sufíes que cantaban y alababan, alegres, al Dios Amor de todos los hombres, y tan pronto como reparó en nuestra presencia atenta a la música y a la danza, se acercó para preguntarnos, con la calidez de su sonrisa de niño, qué estábamos buscando. Le preguntamos acerca de la presencia del sufismo en Marruecos y cómo podríamos entrar en contacto con alguna comunidad sufí. Nos invitó a sentarnos con él en una terraza y conversamos durante horas acerca del mundo, de la vida, de nuestras vidas, de “la búsqueda”, de la felicidad que nuestro corazón anhela, de la aridez que el camino ofrece no pocas veces, del sentido y del sinsentido de todo. Desde el primer momento se había producido la magia de la comunión espiritual propia entre hombres que respiran al ritmo de un mismo y solo aliento. Mientras conversamos, reparo en una inusual pareja que hay unas mesas más allá de la nuestra. Una mujer de edad madura, que imagino francesa por su aspecto, está sentada junto a un joven de raza negra de perfectas proporciones y bellísimas facciones que casi le dobla a ella en altura, mientras que ella le dobla a él la edad. Ella, con un gesto de complacencia,  descansa su cabeza sobre el hombro de él mientras le tiene cogida la mano entre las suyas. La escena de esta llamativa simbiosis de cariño y afectos entre dos personas tan diferentes percibo que despierta la curiosidad y la atención de muchas miradas en las que adivino, entre otras cosas, desaprobación para lo que visiblemente es una pareja por completo diferente a la imagen tipo que está dispuesta a aceptar el consenso público; a mí, sin embargo, observarlos me produce una enorme ternura, y me hace recordar la necesidad que todos tenemos de sentirnos queridos, de encontrar un hombro sobre el que descansar de nuestros pesares, una mano con la que entrelazar la nuestra, una mirada que nos devuelva la confianza de que somos algo muy especial para alguien, y que este alguien lo es para nosotros; necesitamos, en fin, un alguien que sea nuestro rincón último en el que poder encontrar la bendición de lo que somos.
Mientras observo a esta pareja, mi mente me trae de nuevo a lo que acontece en nuestra mesa.  Aziz escribe poesía que habla en cada una de sus palabras, en cada uno de sus versos, de la alegría que sólo el Amor es capaz de despertar en el corazón del hombre. Hoy nos ha traído uno de sus libros de poemas, en el que, aunque no somos capaces de leer por estar escrito en árabe, intuimos la belleza de los ritmos y de los sonidos de las palabras por la armoniosa belleza de su grafía. Al despedirnos nos hemos dado un abrazo de hermanos, y Aziz ha puesto sobre la palma de mi mano su  tasbir [rosario de recitación] como recuerdo y testimonio del encuentro que el Espíritu nos había reservado: —Nacho —me ha dicho—, quiero que lo tengas tú.

Meknés—Fez. Martes, 10 de agosto de 2010
Por la mañana, temprano, después de desayunar en la azotea, cargamos con nuestras mochilas a la espalda y dejamos el Riad Hiba en el que hemos estado hospedados estos días. En la plaza cogemos un taxi que nos lleva hasta Le Centre du Information de L’Islam, un organismo oficial dependiente del Ministerio de Asuntos Religiosos, con la esperanza de poder obtener allí alguna información de interés acerca de comunidades sufíes en Marruecos. Mostaphá, un pintor de Meknés al que hemos conocido visitando la exposición de su obra en el interior de la sala de exposiciones de la Bab Al-Manssur, nos indicó que quizás allí podríamos encontrar algo de información sobre lo que buscamos.
El taxi nos deja ante un magnífico edificio de impecable arquitectura situado en la nouvelle ville de Meknés, fuera y algo alejado de la vieja Medina. Traspasada la verja de acceso, y con nuestras mochilas a la espalda, subimos por unas anchísimas escaleras de apenas tres escalones que dan acceso a la puerta principal del edificio. Un vigilante nos pregunta por el motivo de nuestra visita, y, después de hablar con alguien por la línea interior de teléfono, nos invita a acompañarlo. Atravesando un espacioso vestíbulo solado con mármol reluciente de un blanco inmaculado, nos conduce por una amplia escalera hasta la primera planta, en la que, alrededor de un fresco patio atravesado en toda su longitud rectangular por una fuente, se distribuyen los despachos y oficinas de lo que, adivinamos, son los distintos organismos y negociados en que está estructurada esta institución. Por los corredores nos cruzamos con hombres —sólo hombres, y ninguna mujer excepto las de la limpieza— impecablemente vestidos con yalabbas y galabiyyas todas ellas de un blanco refulgente. Algunos de ellos llevan maletines y portadocumentos de mano poniendo de manifiesto, sin lugar a la duda, que estamos dentro de una máquina burocrática ordenada y perfectamente engranada. Nuestro vigilante-guía se detiene ante una de las puertas que golpea suavemente con los nudillos; un letrero en grafía árabe —ilegible, por tanto, para nosotros— anuncia el nombre del negociado que se ubica en su interior; él mismo abre la puerta y accedemos tras él a un amplísimo despacho sobria pero lujosamente equipado con mobiliario de la mejor calidad. El despacho en cuestión es una estancia rectangular de grandes dimensiones y cuyas paredes menores son las de la puerta y la del fondo. En la parte derecha hay una mesa de juntas con capacidad para unas diez personas. Al fondo, detrás de una mesa que habla de la importancia del cargo de quien la ocupa —debe ser el Director del negociado—, un hombre de unos 60 años, vestido con una elegante yalabba blanca, despacha con otros dos más jóvenes que permanecen sentados en sendos confidentes. Por su actitud de compostura y atención acusada se adivina que estos dos hombres más jóvenes están bajo su mando o dirección. El Director del negociado, de escaso pelo blanco que contornea una calva brillante de un moreno bruñido, y los dos hombres que con él despachan, se giran hacia nosotros cuando nos ven entrar detrás del vigilante;  el Diector asoma su mirada vivaz por encima de las diminutas gafas de fina montura dorada que apoya casi sobre la punta de la nariz. El vigilante le dice algo en árabe que no comprendemos, a excepción de la palabra soffiya. El Director del negociado detiene la mirada sobre nosotros, nos examina con atención, y le dice al vigilante —deducimos—, que nos sentemos en la mesa de juntas, ya que éste es lo que nos indica finalmente. Dejamos nuestras mochilas, que apoyamos en un rincón, y nos sentamos en unas cómodas sillas que desprenden un suave aroma a tapicería nueva de piel. El Director y los dos hombres que permanecen sentados ante su mesa vuelven a sus asuntos, y el vigilante sale del despacho cerrando detrás de sí la puerta. José y yo nos miramos con un gesto que es mezcla de sorpresa y extrañeza. Mientras, al fondo, los tres hombres continúan su conversación ya sin prestarnos ninguna atención.
A los pocos minutos regresa el vigilante acompañado de un tipo con muy buena pinta, vestido — ¿cómo no?— de blanquísima e impecable galabiyya. El vigilante hace las presentaciones, y nos deja con su acompañante. Debe de tener entre 38 y 40 años. Habla un francés académico que yo, que tan siquiera sé hablar una sola palabra en ese idioma, veo que deja al de José, que hasta ahora me había parecido bastante bueno, a la altura del betún. Nos pregunta, nuevamente, por el motivo de nuestra visita. Volvemos a explicárselo. Nos mira con extrañeza, y girándose hacia el Director del negociado —que aún despacha con sus dos subordinados— se dirige a él en árabe. Éste, sin despegar la vista de los papeles que tiene ante sí y que lee con detenimiento, le contesta mascullando algo en árabe. Nuestro interlocutor insiste en preguntarnos por qué estamos interesados en el sufismo. Le explicamos que es una corriente espiritual de la que conocemos algo hace bastantes años, pero que nos gustaría poder ampliar esta información e incluso, si ello fuera posible, contactar con alguna comunidad sufí. Arque las cejas con un signo inequívoco de perplejidad y vemos, sin duda, que no sabe qué decirnos. Nos pregunta si somos musulmanes. Le respondemos que no lo somos. Nos pregunta si somos cristianos. Volvemos a responderle que no. Vuelve, de nuevo, a preguntarnos cuál es, entonces, la razón por la que estamos interesados en el sufismo. Intentamos explicarle que nuestro interés nace del hecho de que, aunque no profesamos ninguna religión en particular, nos interesan algunas de las corrientes espirituales en las que, aunque pertenecen a distintos credos o confesiones religiosas, encontramos un denominador común de búsqueda y crecimiento espiritual más allá de dogmas y de principios fundamentales. De nuevo nos responde sin palabras con un gesto que, aunque cortés, expresa, inequívocamente, extrañeza y perplejidad. Termina por darnos un nombre y una dirección de Chef-Chaouen. No está de más recordar que Chef-Chaouen es la “ciudad santa” para los europeos que buscan disfrutar del mejor hachís del mundo. Algo ha visto este hombre en nosotros que le ha hecho pensar que más probablemente encontraremos lo que buscamos en la mística inducida del hachís, entre las volutas de humo de la yerba.
Nos damos por vencidos sin más remedio. Doblo el papelito en el que nos ha escrito el nombre y la dirección de Chef-Chaouen, lo guardo en el bolsillo, nos estrechamos la mano en gesto de despedida, y abandonamos el edificio.
De camino a la estación —donde cogeremos el tren de regreso a Fez—, le digo a José que intente visualizar e imaginar, transponiéndola al escenario de una ciudad española, el negativo fotográfico de la escena de lo que acabamos de vivir. Le doy las pistas para que empiece a imaginar:
Dos tipos, sin afeitar, con pinta de vagabundos, vestidos con yalabbas y cargando con sendas mochilas a sus espaladas, se presentan a las 10 de la mañana de un día  cualquiera en la puerta del obispado de Astorga, pongamos por caso. Entran por la puerta principal ante la mirada sorprendida del vigilante que les pregunta qué es lo que desean. Le dicen que están buscando información acerca de los esenios, y si existe alguna comunidad esenia en Astorga o en alguna otra ciudad de España. El vigilante, que todavía no ha comprendido la pregunta de los insólitos visitantes, descuelga el teléfono y marca una extensión interna:
—Oye, Pepe; que aquí hay dos moros con pinta de “flipaos” que piden información sobre los esenios, y quieren saber si hay esenios en España… ¿Tú sabes qué coño es eso de los esenios?
—Espérate un momento, tío… ¿Qué me estás contando? ¿Tú te pinchas, o qué? ¿Los esenios? ¡Y yo qué coño sé qué son los esenios!
—¡Joder, tío, y a mí que me cuentas!... Bueno, subo con ellos y que os digan qué hostias quieren.
—¡Joder, Manolo, a mí no me jodas… aquí no los traigas! ¡Súbetelos a Inmigrantes y Transeúntes, pero aquí no los traigas!
—Vale, tío… me has dado una idea… Se los subo a los de Inmigrantes. Ok, gracias.
…Toc…toc
—Adelante.
—Buenos días. Estos dos señores… que buscan información sobre los esenios…
—¿Sobre los esenios? —pregunta extrañado y levantando la mirada de la pantalla del ordenador en el que escribe un cura gordo—. ¿Cómo los esenios? —dice esbozando una mueca agria cuando pronuncia la palabra esenios. El cura se coloca las gruesas gafas a modo de diadema y escanea con la mirada a los dos moros vestidos con chilaba que acompañan al vigilante.
—Mire… no sé… es lo que ellos me han dicho… que buscan información sobre los esenios… sobre comunidades esenias en España... Primero he hablado con los de Cáritas, y me han dicho que ellos de eso no saben nada, y que, tratándose de extranjeros y gente así, como necesitada, que mejor los trajera aquí… a Inmigrantes y Transeúntes…

Visualizando la escena, José y yo rompemos a reír hasta el dolor de tripas que nos obliga a detenernos y descargar las mochilas de la espalda.
El tren que nos lleva de regreso a Fez, como dice José, “debe llevar la calefacción puesta”, pues la temperatura en el interior del vagón con seguridad supera los 45 grados de temperatura que hay en el exterior. Hoy, además del calor, una comprimida masa humana hacinada en los pasillos y compartimentos de los vagones hace más incómodo, si cabe, el viaje. Después de una hora de suplicio ineludible, a las 14:00 pm llegamos a Fez al borde de la extenuación. Aún nos queda la agotadora tarea de encontrar hospedaje en la Medina. Un petit-taxi nos deja junto a la Bab Boujloud. Vamos directamente a la pensión Dar Bounannia a tantear la suerte. Quizás allí podamos encontrar una habitación doble a un precio razonable. Imposible; está completa. De allí vamos hasta la pensión Kawtar, en la que estuvimos hospedados antes de partir para Meknés. Tampoco allí encontramos posada. El dueño nos acompaña amablemente hasta una pensión próxima a la suya en la que, finalmente, encontramos habitación. Se trata de una casa típicamente marroquí al estilo riad: una construcción bastante antigua (de más de 200 años), distribuida en torno a un patio central que constituye el corazón de la casa. Nuestra habitación está en la primera planta. La dueña es una señora encantadora de unos 45 años, pero que aparenta bastantes más —cosa muy común y generalizada entre las mujeres marroquíes—. Acordamos con ella un buen precio de estancia por día y nos instalamos. Fátima —que así se llama el ama de la casa— tiene dos hijos que viven con ella: Rachad, de 24 años, y Salah, de 20. Rachad está pensando en interrumpir sus estudios de Informática, de modo que todavía no ha hecho la matrícula para el próximo curso. He tenido una conversación con él y he intentado dibujarle el escenario que le espera en un futuro si, finalmente,  decide abandonar sus estudios. Son muchos —la inmensa mayoría, de hecho— los jóvenes que ni tan siquiera terminan la educación primaria, y acaban por convertirse en uno más de tantos merodeadores de turistas de la Medina a los que esperan sacar algunas monedas a cambio de acompañarles hasta un alojamiento de complicada localización en el laberíntico caos de la medina, o por hacerles de guía durante unas horas. Sería una pena que Rachad —que tiene muy buena cabeza—  acabara engrosando esta incontable legión de jóvenes desocupados y sin ilusión en cuyas miradas puede adivinarse la proximidad de una vejez prematura. Salah, por el contrario, es un muchacho con inquietudes, que demuestra interés por todo lo que pueda ofrecerle nuevas vías de conocimiento y de experiencia. Cursó la educación secundaria en el American School de Fez, regentado por la propia embajada de los Estados Unidos. Habla un inglés simplemente perfecto, con una perfecta pronunciación. Quiere estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Fez, y, una vez terminados sus estudios, salir al extranjero a cursar un postgrado. Al contrario que su hermano, Salah está fuertemente motivado por labrarse su propio camino fuera de los cauces habituales a los que terminan abocados la práctica totalidad de los jóvenes marroquíes. No está de más recordar que el nivel cultural y de preparación académica de la inmensa minoría de chicos y chicas marroquíes que cursan estudios universitarios es bastante más alto que el promedio de sus equivalentes europeos. Se trata, por lo común, de jóvenes que han tenido que superar no pocas dificultades para poder acceder a la Universidad, y que, al contrario de lo que es habitual entre los jóvenes europeos, optan por estudiar una licenciatura movidos por una verdadera vocación, y no como una manera de prolongar la etapa de la vida en la que todavía no se termina de asumir responsabilidades. Estos jóvenes marroquíes excelentemente preparados, son la esperanza viva de esta nación. Algún día ellos asumirán las tareas directivas y de gobierno, y, estoy seguro de ello, dirigirán los pasos del país en una nueva dirección.
José se ha retirado a dormir, mientras que yo permanezco hasta altas horas de la madrugada conversando animadamente con Salah y Rachad en el patio del riad, disfrutando del levísimo respiro —apenas apreciable— que al insoportable calor del día ofrece la noche de Fez. Me cuentan muchas cosas acerca de cómo es la vida de los jóvenes en Marruecos, y me preguntan por la de los jóvenes españoles.

Fez. Miércoles, 11 de agosto de 2010
Aunque he dormido pocas horas, el sueño ha sido reparador. Después del desayuno, José y yo vamos, por fin, a emprender la parte más importante de nuestro viaje, de la que no he hablado hasta este momento, pero que ha sido el principal motivo que nos ha traído en esta ocasión a Marruecos. Algo he contado ya de nuestra búsqueda de información acerca del sufismo, incluso con alguna nota de humor, ya que nadie parecía entender absolutamente nada del motivo de nuestras pesquisas, ni de la razón de nuestro interés en esta corriente espiritual. Bromas aparte, sí diré que José y yo hemos venido hasta estas tierras tras la pista de un maestro sufí del que hemos tenido alguna noticia a través de un médico de Granada. Hay, al parecer, en un aduar próximo a Fez, un anciano de más de 90 años del que se dice es un auténtico maestro sufí. Vive en una z

Sobre mí...

sábado, 05 de septiembre del 2009 a las 11:17
guardado en

Nacho Tapia nació, por pura casualidad, en Zaragoza (España), como bien podría haberlo hecho en Dublín o en Tombuctú. Por eso, desde hace tiempo trata de descubrir quién es más allá de los condicionamientos circunstanciales que le vinieron dados.
Es autor de varios artículos sobre Filosofía y Pensamiento, y entre sus aportaciones destaca la de poner de manifiesto que "no sabemos pensar", y así nos va como nos va. Por lo demás, hace de su vida un intento de poner en práctica, con más o menos éxito, aquél principio que dice: "Vive y deja vivir". Nacho, para quienes le conocen, no es distante ni inaccesible –como algunos han llegado a decir–, sino que prescinde de mostrar un aparente interés por aquéllo que no le interesa lo más mínimo.

Bitácora de El Cairo

jueves, 03 de septiembre del 2009 a las 19:45
guardado en

BITÁCORA DE EL CAIRO

Martes, 4 de agosto de 2.009

He llegado a El Cairo hace apenas un rato. El vuelo aterrizó a las 23.30 hora local, con una media hora de retraso sobre el horario previsto. Me he instalado en el Hostal Brothers, un acogedor pero elemental hostal para mochileros atendido por gente joven, situado en pleno centro de la ciudad, en la Sharia Talaat Harb, muy cerca de Maidan Tahir que viene a ser como la plaza central de la vieja ciudad de El Cairo.

Después de deshacer la maleta he salido a dar un paseo por los alrededores del hostal. A pesar de ser más de las 12.00 de la noche, la calle está atestada de gente, y un tráfico denso y ruidoso inunda todas las calles del centro. Según me dicen, esto es lo normal en El Cairo hasta más allá de las dos de la madrugada. Hace un calor sofocante y húmedo. El caos y el desorden es lo primero que llama la atención en esta ciudad que es la más grande del continente africano. Con una población de unos 25 millones, parece lógico que tenga este aspecto de ciudad populosa y densamente poblada. La suciedad y la porquería se amontona a lo argo de las aceras. Las calles presentan un aspecto polvoriento. Cajetilla de tabaco arrugadas, latas de refresco aplastadas, botellas de agua vacías, papeles, frutas chafadas en el suelo, hojas sueltas de periódico, alfombran la calle. No se ve ninguna brigada de limpieza barrer ni retirar la suciedad que se amontona por todas partes.

Bajando por la Sharia Talaat Harb ¾sharia, además de decreto o regla religiosa, significa, también, calle en árabe¾ llego hasta la Maidan Talaat Harb ¾maidan significa plaza en el mismo idioma¾, en cuyo centro hay una estatua dedicada a Talaat Harb, que fue el fundador del Banco Nacional de Egipto. El magnate, de talle esbelto y estilizado, aparece vestido a la occidental, con una levita como la que usaba la clase alta inglesa a finales del XIX, y tocado con un fez que le da un aire un poco descastado. En todo el centro de la ciudad son bien visibles restos y reminiscencias que hablan de la reciente presencia británica en el país. Son numerosos los edificios cuyas fachadas presentan similitudes con las de cualquier capital europea, excepción hecha de la pátina de mugre negruzca que las cubre y de los desconchones que las descubren parcialmente, muestra de un inconfundible descuido de decenios.

El jedive Ismail ¾que gobernó el país desde 1.863 hasta 1.879¾, emprendió un ambicioso plan de modernización del país, que incluía la construcción de una vasta red de ferrocarril, así como un paso marítimo que uniera el Mediterráneo con el Mar Rojo asegurando una ruta comercial más rápida y segura hacia Asia: el Canal de Suez. Esto proporcionaría a Egipto ¾pensó el jedive Ismail¾ una fuente permanente de ingresos, pues todas las potencias de Europa habrían de pagar peaje por utilizar el Canal en su paso hacia el continente asiático. El Canal comenzó a construirse en 1.859, finalizando las obras en 1.869. El ingeniero a quien se encomendó la colosal obra fue Ferdinand De Lesseps, quien a su vez fue cónsul francés en Egipto.

Sin embargo, el jedive Ismail llevó al país a la bancarrota a consecuencia de los créditos a tipos de interés exorbitantes con que había endeudado las arcas nacionales para acometer la construcción del Canal de Suez. La imposibilidad de Egipto para devolver los créditos llevó a Gran Bretaña ¾principal inversor en la obra¾, viendo amenazados sus intereses económicos, a ocupar el país y  a establecer un protectorado que perduró hasta 1.919, en que, después de terminada la Iª Guerra Mundial, se desató un movimiento independentista que obligó a los británicos a poner fin al protectorado a y a reconocer a Egipto como nación independiente. El rey Fuad I ¾sexto hijo del jedive Ismail¾ asumió el trono, pero de hecho Gran Bretaña siguió controlando la Administración y la banca nacional, la política exterior, el Ejército y el Canal de Suez. De hecho, durante la IIª Guerra Mundial la Alemania de Hitler intentó arrebatar a Gran Bretaña el control del Canal de Suez dado su enorme valor estratégico, pero el VIII Ejército del General Montgomery derrotó al Afrika Corps del general alemán E.Rommel en la célebre batalla del Al-Ammein.

Como decía, todavía resultan evidentes en el centro de El Cairo restos muy significativos de la presencia británica, pero su estado de descuido y abandono confiere a la ciudad un aire que va más allá de lo decadente. En la Maidan Talaat Harb he entrado a tomar un café en el Groppi’s, una cafetería ¾por centrarnos en algún concepto¾ en la que puedes tomar un expresso bastante pasable para lo que hay aquí. Mientras tomaba el café he estado repasando la guía de El País-Aguilar para concretar el recorrido que haré mañana más tranquilamente por el centro. De regreso al hostal veo que la calle sigue igual de abarrotada que antes, si no más. Cruzar de una acera a otra supone una aventura de alto riesgo. Es inútil esperar a que el semáforo se ponga en verde para los peatones, porque ningún coche va a parar a menos que vean que de no hacerlo van a montarte sobre el capó o a pasarte por encima. Para cruzar la calle, sencillamente hay que lanzarse con decisión aunque veas que vienen coches; pararán, a un metro, a 50 centímetros, a 20 centímetros de ti, pero pararán. Se circula en completo desorden y a toda velocidad, y los coches no paran de hacer sonar permanentemente los cláxons. La señalización ¾da lo mismo que sea horizontal, vertical, luminosa¾ me doy cuenta de que no tiene otra función que puramente ornamental; forma parte del mobiliario urbano. He visto en varias ocasiones, en apenas una hora que llevo en la calle, coches circulando por encima de la línea continua doble que señala la división de la calle en sentidos contrarios, y rebasarla para circular durante unos 100 metros en sentido contrario… ¡y todo esto delante de la policía, que observa con absoluta pasividad!

Sigo la Sharia Talaat Harb hacia arriba, en dirección al hostal. Por cierto, el Hostel Brothers está en un edificio de los años 20 que se ha hecho famoso por servir de título ¾El edificio Yacoubian¾ y de escenario a una reciente novela de un escritor egipcio: Alaa Al Aswanni. Por más que este edificio se haya hecho famoso, lo cierto es que por su aspecto no pasa de ser más que uno de los tantos que presentan un aspecto de dejadez y descuido lamentable. Se trata de un edificio de estructura racionalista, como los que pueden verse en muchas ciudades europeas. La fachada presenta amplias balconadas de mampostería hasta media altura que dan al edificio un aspecto de horizontalidad en su estructura. El portal es amplio, pero lóbrego y oscuro, con solado de mármol y peldaños de escasa altura en su escalera de acceso. La suciedad y el polvo han hecho cuerpo con el inmueble. El ascensor es un viejo Schneider de estructura de madera y puertas interiores con bisagra y cristales que se desplaza a lo largo de un hueco abierto y acotado por una verja metálica, todo ello idéntico al que solía haber en casa de casi todas las abuelas de la gente de mi generación. Los rellanos de los pisos son también espaciosos y con suelo de mármol, y también con porquería de décadas. El hostal está en el 4º piso. No me extraña que este edificio haya inspirado una novela… si las paredes ¾y la suciedad¾ hablaran…

Mañana os contaré más cosas.

______________________________________________________________________________

 

Miércoles, 5 de agosto de 2.009

Hoy he amanecido a las 12 del mediodía, muy tarde para lo que acostumbro en vacaciones. Debía de estar verdaderamente cansado. He salido a la calle en busca de un café, y lo más parecido que he encontrado ha sido el Groppi’s que ya descubrí anoche, en la Maidan Talaat Harb. En casi todos los cafés y teterías puedes encontrar café… o, al menos, así lo llaman, pero en realidad no es más que leche con un café soluble de sobre para de un sabor indefinible. En el Groppi’ss ¾aunque no es tampoco como para echar cohetes¾ al menos puedes tomarte un café expresso o, al menos, algo que se le parece bastante. En este café también hay una repostería aceptable a base de tartas de chocolate y de nata, pero me he decidido por un simple croissant.

Después de desayunar ¾unas 19 libras, o sea, unos 2,50 euros¾, he bajado por la Sharia Talaat Harb hasta la plaza del mismo nombre, y continuando hacia abajo, hasta la Maidan Tahir, que viene a ser, como decía ayer, la plaza más importante de esta parte central de El Cairo. Maidan Tahir es un pandemónium de ruido, polución, calor sofocante, rugir de motores, cláxones disonantes, y de riadas humanas que se lanzan valientemente a la incierta aventura de cruzar la calle por asalto. Ya he contado lo arriesgado de esta empresa, y lo más recomendable es unirte a la masa que emprende la alocada carrera hacia los coches que circulan para obligarles a parar. Algo así debió de hacer también Moisés por estas mismas tierras hace ya algunos miles de años, cuando huyendo del faraón se encontró de bruces con el mar Rojo y tuvo que tomar una decisión de vida o muerte: quedarse al borde del mar y morir aplastado por el ejército del faraón que iba pisándole los talones, o lanzarse ciegamente y sin esperanza alguna de sobrevivir sobre las procelosas aguas del mar Rojo. Moisés debió de pensar que era preferible morir ahogado antes que perecer a manos de los egipcios, de modo que se decidió por el suicidio en las aguas del mar Rojo, pero para su sorpresa, Yaveh, en su infinita providencia, separó sus aguas para que Moisés y todo el pueblo de Israel que le seguía pudieran cruzarlo a pie enjuto. Y hete aquí que cuando los hebreos, con Moisés a la cabeza, estaban en el último tramo antes de llegar a la otra orilla, llegó el ejército del faraón, que al ver el portento de las aguas del mar abiertas, decidió adentrarse para continuar la persecución de los hebreos. Pero tan pronto como el último de los hijos de Israel hubo cruzado el mar, Yaveh hizo que sus aguas volvieran a unirse, quedando atrapado en ellas por entero el ejército del faraón, pereciendo hasta el último soldado. Y cuenta el Libro del Éxodo ¾el segundo de los libros que componen el Pentateuco¾, que el pueblo de Israel vio que Yaveh era fiel a su promesa: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”. Y en agradecimiento a Yaveh Moisés se puso a danzar elevando un cántico al Cielo. Es decir, vieron los hebreos que Yaveh era el Dios de Israel, y velaba por su pueblo. Recuerdo, sin embargo que, a propósito de esta proeza de Yahve, en una obra de teatro de José Luis Martín Descalzo ¾de la que no recuerdo el título¾ se cuenta que cuando Moisés se puso a danzar y a cantar en agradecimiento a Yaveh los cielos se abrieron y se oyó la voz de Yaveh que decía: “¡Calla, necio! Faraón también era hijo mío”. Qué le vamos a hacer; así son las religiones. El Dios de los cristianos… el Dios de los hebreos… el Dios de los musulmanes… Y yo me pregunto: Y Dios, ¿qué religión tiene? ¿Es cristiano? ¿Es musulmán? ¿Es judío?...

Pues bien; contaba todo este excursus bíblico a propósito de la aventura que supone cruzar por la Maidan Tahir. En esta plaza se encuentran bastantes edificios que merecen citarse. En primer lugar está el Hotel Nile Hilton, construido en 1.959 en lo que fue el emplazamiento de un palacio ¾Qasar Al Nil (el palacio del Nilo)¾ que sirvió de emplazamiento a la administración británica, siendo utilizado más tarde como cuartel por el ejército británico hasta que en 1.950 el viejo palacio fue demolido, construyéndose el hotel en su solar. Junto al Hotel Nile Hilton está el edificio Mogamma, una enorme y descomunal construcción con fachada circular y cóncava que da cobijo a la práctica totalidad de los ministerios del Gobierno; de hecho más de 20.000 funcionarios trabajan todos los días en este edificio. El edificio, de hechuras soviéticas, salvo por su tamaño y su curiosa fachada no tiene ningún encanto especial. Se trata de la típica edificación que ofrece el indudable aspecto de ser la sede de un aparto burocrático descomunal. La dejadez, el descuido y la desidia también se dejan ver profusamente en su fachada. Ventanas con cristales rotos, desconchones que dejan al descubierto la factura de ladrillo, marcos de ventana arrancados, son algunos de los signos que evidencian la precariedad presupuestaria del Estado Egipcio.

En el extremo opuesto de la Maidan Tahir está el Museo de Antigüedades Egipcias, más conocido simplemente como “el Museo de El Cairo”. En él se conservan ¾más bien se almacenan¾ miles y miles de piezas procedentes de los yacimientos arqueológicos del antiguo Egipto dispersos a lo largo y ancho de todo el país. El edificio, en su exterior, no ofrece un interés particular. En su interior, por el contrario, ofrece una arquitectura reseñable: amplios espacios de una altura descomunal separados por columnas y gruesos muros. Llama la atención especialmente la cúpula central en el cuerpo que da acceso al edificio. Con todo, el esfuerzo debió de quedar todo agotado con la construcción del edificio, pues el lamentable estado en que se encuentran todas las piezas expuestas es desolador. Miles y miles de piezas se hacinan a lo largo y ancho de todas y cada una de las galerías y salas del museo, sin dejar un solo rincón libre. Se dice que las piezas expuestas suponen tan sólo un 20 por 100 del depósito total de restos y piezas del Antiguo Egipto propiedad del Estado. Las vitrinas ¾deduzco a juzgar por su aspecto¾ deben de ser las originales que quedaron instaladas cuando el museo abrió sus puertas por primera vez allá por 1.902. Los letreros con las leyendas explicativas de las piezas ¾las que lo tienen¾, son todas mecanografiadas en tarjetones amarilleados por los años y con escasos e imprecisos datos. El museo es todo él un enorme galimatías en el que resulta imposible distinguir los distintos períodos y dinastías a que corresponde cada zona. De todo el museo destacan algunas piezas: parte del ajuar funerario del faraón Tutankhamon (sarcófago, máscara mortuoria), las estatuas sedentes del sacerdote Rahotep y su esposa Nofret… y poca cosa más. De todos modos el amontonamiento de las piezas que componen la exposición es tal y tan desordenado que llega a marearte y no ves el momento de salir a la calle a respirar un poco de aire. Si en los EE.UU., por ejemplo, tuvieran tan sólo una milésima parte de los restos históricos que aquí se conservan, sin duda que habrían construido el museo arqueológico más grande y mejor equipado del mundo.

De nuevo en la calle vuelvo a armarme de valor e insensatez y cruzo toda la Maidan Tahir en dirección a una de las calles adyacentes: la Sharia Qasr el Nil, una calle comercial que es un verdadero follón de gente, de coches, de ruidos, de tiendas y de vendedores ambulantes. Siguiendo esta calle hacia arriba llego hasta la Maidan Talaat Harb, y, cruzándola, vuelvo a continuar por el siguiente tramo de Qasr el Nil hasta la Maidan Opera, una plaza, en parte ajardinada, que debe su nombre en que aquí estuvo el viejo edificio de la Opera ¾ya desaparecido¾ en el que Verdi pensó estrenar su ópera Nabucco con ocasión de la inauguración del Canal de Suez, pero dado que el Canal se terminó antes que su ópera de ambiente egipcio, hubo de conformarse con la representación de Rigoletto con tan fausto motivo. Esta plaza ¾la Maidan Opera¾ es un babel descomunal. Coches que se cruzan en todas direcciones, riadas desordenadas de gente, humo de escapes que invade el ambiente, olor a carne asada, especias, basura y gasolina… Cruzando la plaza y entrando por la Naguib Al Rahany, se entra en una barriada de calles estrechas y edificios antiguos. Toda esta zona está atestada de mercadillos por cuyos entramados vericuetos discurre el tráfico a paso de procesión. Aquí pueden verse puestos con los objetos más insospechados. Desde una batería de cocina que parece de 4ª mano hasta la batería de móvil más curiosa que he visto en mi vida; en realidad se trata de una “batería de emergencia”. El ingenio consiste en un tubo metálico uno de cuyos extremos, el inferior, es desenroscable para introducir en su interior una pila cilíndrica pequeña de las convencionales, de esas de transistor. Una vez introducida la pila, vuelve a enroscarse la tapa. Por el otro extremo del artefacto sale un cable con un conector para ser enchufado en el orificio de carga de batería del teléfono móvil. Muy elemental pero ingenioso y efectivo. También en todas estas callejuelas la suciedad y la porquería se amontona por todas partes. El suelo está todo él cubierto de un polvo denso y grisáceo, parecido al cemento. Llevo chanclas, de manera que mis pies están que dan asco… como para que me hagan hijo predilecto de la tribu de los “Pies Negros”. Por un callejón lateral llego a la Sharia Khulud, que es una calle más ancha por la que se llega a la estación central de ferrocarril, una construcción de grandes dimensiones de la que parten trenes en todas las direcciones del país: Alejandría, Assuan, Luxor… También aquí el gentío es interminable. Imanes, soldados, mujeres cubiertas con el niqabb ¾que cubre todo el rostro a excepción de los ojos¾, estudiantes, vagabundos, aguadores, vendedores ambulantes, familias enteras cargando con bultos descomunales, limpiabotas, vendedores callejeros de te, policías, talibanes, soldados, aguadores, popes coptos, chicas jóvenes cubiertas con hiyab… conforman un caleidoscopio humano francamente entretenido de ver pero imposible de observar con detenimiento, pues la vista se ve incapaz de detenerse y fijar su atención en un punto concreto. Los trenes ofrecen un aspecto poco apetecible para viajar en ellos. Las máquinas ¾la mayoría diésel y que hacen un ruido ensordecedor¾ y los vagones están pintados de un azul mono de trabajo que da un aspecto bastante deprimente al pensar lo que debe de ser aquí el desplazamiento ferroviario. Por dentro no he podido verlos.

De regreso, decido parar a comer algo cerca del hostal antes de irme a descansar. Entro en un sitio de comida egipcia que se llama “Al Yazaz”, en la esquina de la sharia Shabri Abu Alaan con la sharia Talaat Harb. Aquí sirven una deliciosa sopa de lentejas que acompaño con un plato de pollo al curry. Delicioso y muy barato. Saliendo del restaurante entro por el primer callejón que encuentro a mi izquierda; el aroma frutal del tabaco de sisha (o narguile, que así también se llama a la pipa de agua típicamente árabe que usan para fumar tabaco aromatizado) me ha hipnotizado y busco de donde procede. En este callejón hay varias terrazas de locales en los que se sirve te de variadas clases y sabores, así como narguiles con tabaco de infinidad de aromas. Me decido a tomar asiento para reposar la cena y pido un te a la menta. Se me acerca un joven a darme conversación y se sienta en la silla que ha quedado libre junto a la mía. Lo primero que me pregunta ¾forma parte obligada del interrogatorio rituario a todo guiri¾ es de dónde soy. A los egipcios les encanta la conversación y por hablar, hablan hasta con las piedras. Charlamos durante un buen rato de cosas banales hasta que me deriva el tema hacia la religión, catequesis de Islam incluida. Que si el Islam es una religión muy tolerante, que si el Islam es la religión más completa, que si el Islam acepta a Jesús (Isa lo llaman ellos) como un verdadero profeta aunque no consideran que sea el Hijo de Dios, que si la religión hebrea no es universal sino exclusivista, bla…bla…bla… Le dejo hablar y hacer su catequesis, hasta que sale a relucir el tema de la mujer en el Islam. Me limito a preguntarle por qué las mujeres han de ir cubiertas y no los hombres. Me contesta que es para evitar que los hombres las miren con deseo sucio; tan sólo puede ser vista descubierta por su esposo. Le respondo preguntándole por qué, entonces ¾si el problema está en los ojos de los hombres inundados de sucios deseos¾ no les arrancan los ojos a los hombres, y,… ¿acaso no pueden provocar también los hombres deseos “impuros” a las mujeres? Me dice que no es lo mismo… que el profeta Mohammad dijo que la mujer había de cubrirse… bla…bla…bla… pero se da cuenta de lo absurdo y desatinado de sus argumentaciones, y empieza a ponerse nervioso. Finalmente decido entrar al descabello y le pregunto: …Y Dios (Allah) ¿qué religión tiene? ¿Dios es musulmán… judío… cristiano…?  Me sale con una serie de circunloquios que ni él mismo sabe hacia dónde le conducen y, finalmente, decide ponerse de pie y despedirse muy amablemente.

Mañana tengo planeado ir a Gizah, Saqqara y Dhashur, tres de los yacimientos arqueológicos más importantes del país. Os lo contaré.

 

______________________________________________________________________________

Jueves, 6 de agosto de 2.009

Esta mañana me he levantado a las 8,30 para ir a visitar los enclaves arqueológicos más importantes de El Cairo: Gizah, Saqqara y Dahshur. Para desplazarme hasta estos lugares he concertado un taxi que me acompañará durante todo el día llevándome de uno a otro sitio y esperándome durante cada visita. El precio total de todo el día son 200 libras egipcias, es decir, ¡menos de 30 euros! Normalmente el recorrido que suele hacerse es por este orden: primero Gizah, después Saqqara y, finalmente, Dashur. Nosotros, sin embargo, hemos hecho el recorrido inverso. El taxista se llama Khaled, un egipcio muy simpático, de unos 45 años, y que no para de hablar en todo el viaje contándome cosas muy interesantes de la Historia del antiguo Egipto en un inglés bastante aceptable. Khaled no para de intercalar chistes a lo largo de toda la conversación, y él mismo los celebra con sonoras carcajadas que te contagian la risa. A cada chiste los dos terminamos partidos de la risa. Según me cuenta, su principal trabajo es como funcionario del Ministerio de Cultura; de hecho trabaja en el edificio Mogamma (en la Maidan Tahir), aquél en el que os conté ayer trabajan unos 20.000 funcionarios. Tiene tres hijas en edad de estudiar, por lo que necesita pluriemplearse para sacar un dinero extra con el que poder sacar la familia adelante.

Primero hemos visitado el enclave de Dahshur, que está a unos 25 kilómetros de El Cairo. A lo largo de todo el camino ¾que discurre paralelo al Nilo¾, puede verse la enorme riqueza de la vega del río en la que se cultivan cereales, leguminosas y palmeras.  La agricultura es una de las riquezas de este país. Dahshur a unos 500 metros del río ya es un área completamente desértica en la que se erige la que llaman “Pirámide Combada”, ya que sus cuatro aristas no son completamente rectilíneas, sino que próximas a su vértice se comban unos cuantos grados como si de la punta de un obelisco se tratara. Esta pirámide fue construida por el faraón Esnofru, de la IV dinastía, hacia el año 2.620 antes de Cristo.  De todas las pirámides próximas a El Cairo ésta es la única a cuyo interior se puede acceder, aunque tampoco tiene nada de particular. Para entrar en la pirámide primero hay que subir por una de sus caras hasta un tercio de su altura, aproximadamente, por una escalinata de mármol bastante deteriorada e incómoda. Una vez terminado el ascenso se accede a una pequeña abertura en cuyo umbral hay sentado un morito viejo y desdentado que te sonríe sin parar y sólo te dice come in..come in Sir… Traspasado el umbral todo se hace oscuro y tan sólo una pequeñas lamparillas que apenas dan luz alguna iluminan un larguísima rampa que te desliza ¾literalmente¾ hasta el corazón mismo de la pirámide en donde se supone estuvo la cámara mortuoria. La rampa es de madera y sin peldaños; tan sólo tiene unos listones de hierro intercalados cada 50 cms. que a modo de travesaños impiden que te dejes caer por la rampa como si fuera un tobogán; se trata de ir caminando sobre la rampa despacio, muy despacio, y completamente agachado ¾ya que el hueco por el que discurre es de sección cuadrangular de unos 1,5 ms. por 1,5 ms.¾  y apoyando los pies en cada travesaño para ir frenando y evitar deslizarte. La rampa debe de tener, calculo, unos 150 metros de longitud. A medida que desciendes por la rampa y te vas adentrando en las entrañas de la pirámide la oscuridad va in crescendo, hasta que llega un punto en que las manos son casi el único contacto “visual” para moverte. Al final de la rampa se llega a una cámara muy espaciosa que sirvió de enterramiento al faraón Esnofru. A lo largo de todo el recorrido no me he encontrado con nadie, y aquí abajo tampoco ¾lo cierto es que resulta enormemente incómodo el acceso¾, por lo que es evidente que estoy completamente solo en el interior de la pirámide. El silencio resulta sobrecogedor e impresiona encontrarse solo sin otra compañía que uno mismo en el corazón de esta mole faraónica ¾y nunca mejor dicho¾ de piedra. Sin embargo resulta evidente que miles de personas han entrado en el interior de la pirámide en los últimos 200 años, ya que el olor a orín ¾casi amoníaco¾ resulta insoportable. Desando el camino de descenso y volviendo sobre mis pasos regreso al exterior de la pirámide, esta vez trepando por la rampa. Es el doble de esfuerzo el que se realiza para ascender por la rampa. En el exterior el moro que continúa como lo dejé, sentado en el umbral, me saluda otra vez sonriendo como si dijera con su risa: “huele que alimenta ahí dentro, ¿verdad?”.

Khaled me espera abajo, dentro del coche y con el aire acondicionado puesto. Se agradece entrar en el coche. En el exterior, calculo, debe de haber unos 45ºC.

Dejamos Dahshur y nos dirigimos a Saqqara, a unos 7 kilómetros. En Saqqara se encuentran las pirámides más antiguas, que datan del 2.750 a. de C., aproximadamente. Aquí está la pirámide escalonada de Zóser, la más antigua de todas, y que actualmente está en obras de reconstrucción. Esta pirámide ofrece un perfil muy peculiar, ya que en realidad se trata de una superposición de varias mastabas, unas sobre otras, que le dan ese aspecto escalonado. Las mastabas eran troncos piramidales, es decir, pirámides truncadas sin vértice. El calor continúa siendo sofocante. He sido previsor y llevo conmigo, en la mochila, una botella de 1 litro y medio de agua mineral que, aunque está como si fuera consomé, me sabe a gloria. Terminada la visita a Saqqara ponemos rumbo hacia Gizah. Khaled ha puesto una cassette de pachanga árabe verdaderamente hortera pero que no para de celebrar con palmas. Es innegable nuestra raíz arábiga en España, ya que esta horrible música suena exactamente igual que el “flamenquito”. Se lo digo a Khaled que se ríe a carcajadas según se lo cuento y me hace acompañarle llevando el ritmo de la música dando palmas; los dos damos palmas y canturreamos, pero lo más preocupante es que el coche sigue su camino por la carretera con el volante suelto a su aire, ya que Khaled no para de acompasar la música dando palmas. Varios coches que transitan en dirección contraria nos pasan muy pegados, pero esto no parece preocuparle a Khaled lo más mínimo, y sigue balanceándose sobre el respaldo al ritmo del Manolo Escobar egipcio que suena a todo volumen. Esta gente no conoce lo que es el miedo a los accidentes de carretera. Le pregunté esta mañana a Khaled cuál era la tasa de mortandad de automovilistas y me dijo que no tenía ni idea, pero que estaba seguro que era muy baja. Me dice que ellos están acostumbrados a conducir de esa manera y que todos están armonizados dentro del caos como formando una perfecta sinfonía… Lo cierto es que hemos hecho unos adelantamientos y unas incorporaciones a lo largo del recorrido que en España serían causa más que suficiente, cualquiera de ellos, para retirarle el carné de por vida a un conductor. Pero la verdad es que empieza a divertirme esta locura un poco suicida que es el tráfico en las carreteras egipcias. De camino a Gizah atravesamos un pequeño pueblo llamado Menfis, y que es, precisamente, lo que fue la capital del bajo Egipto. Es una población pequeña de aspecto totalmente rural y en la que todavía pueden verse lugareños vestidos con la galabiyya ¾una especie de camisón blusón largo hasta los tobillos¾ y cargando sobre la espalda enormes fardos de paja o de alfalfa. Las calles son todas de tierra y el polvo que invade el ambiente da una tonalidad parduzca a todo el pueblo. El transporte que utilizan los labriegos y granjeros de este pueblo es principalmente el asno, al que hacen tirar de un remolque cuando se trata de transportar carga muy pesada o voluminosa. Viendo este pueblo de Menfis resulta difícil de imaginar que se trata de la que antaño fue capital de uno de los imperios más prósperos y oderosos que han existido en la Historia de la Civilización.

Llegamos finalmente a Gizah. Tras dejar el coche negocio con un camellero el precio de alquiler de un camello por cuatro horas. Cierro el trato y me subo sobre el bicho con mucho arte, dicho sea de paso. Me acompaña, como guía y también subido sobre un camello, un chico egipcio que se llama Ahmed y que habla un correctísimo inglés. Me cuenta que estudia Ciencias del Comercio y Empresariales y que el inglés es una de las asignaturas más duras de la carrera. Tiene 24 años y estudia en la Universidad de El Cairo. Es de un pueblo próximo a Luxor, en el sur de Egipto, y se vino a El Cairo para hacer la carrera. Su madre es viuda. Tiene tres hermanos, todos varones. Él es el segundo más joven. Sus dos hermanos mayores son ingeniero y filólogo, respectivamente. Me dice que durante las vacaciones de verano suele buscarse un trabajo para ahorrar y poder costearse los estudios sin tener que recurrir a su madre que, según me cuenta, bastantes gastos tiene ya la pobre. Un chico formidable este Ahmed. Simpático y hablador. Me pregunta muchas cosas sobre España. Se ve claramente que es un chico muy leído y con un nivel cultural alto. El camino hacia las pirámides discurre a través de las dunas. Montados, como vamos, sobre camellos, uno no puede evitar sentirse como Lawrence de Arabia, que anduvo también a camello muy cerca de estas tierras hace ya casi cien años. Después de más de una hora de camino llegamos a las tres famosas pirámides ¾de los faraones Keops, Kefren y Micerinos¾, y la esfinge que lleva el nombre de la zona (Gizah), pero que debiera llamarse esfinge de Kefren, ya que se trata de una representación de la cabeza de este faraón con cuerpo de león; el león representa el poder y la fuerza. La esfinge, muy deteriorada por la intemperie y la erosión eólica, está actualmente en proceso de reconstrucción. Las pirámides originalmente estaban todas ellas cubiertas de alabastro, pero fue retirado por los musulmanes allá por el siglo XII para construir algunas de las mezquitas de El Cairo. Tras una visita por los alrededores, emprendemos el regreso. Como siempre, Khaled me espera con el aire acondicionado puesto y volvemos a El Cairo, no sin antes despedirme de Ahmed con un abrazo y una buena propina ¾que se ha ganado con creces¾, e intercambiar nuestros mails.

Mañana tengo pensado recorrer la parte del antiguo Cairo musulmán, que es una zona de enredadas callejuelas repleta de bazares y mezquitas. Ya os contaré mañana.

 

____________________________________________________________________

Viernes, 7 de agosto de 2.009

Tal y como planee ayer, he dedicado el día de hoy a recorrer El Cairo que llaman “Islámico”, pues esta zona corresponde a lo que fue en origen la ciudad de Al Qahir ¾que significa “la victoriosa”, y que fue fundada por los árabes en 969¾, y que tras sucesivas deformaciones dio lugar a “El Cairo”. Para llegar hasta allí he ido caminando por la Sharia Talaat Harb hasta llegar a la Sitta W’Ashrin Yulyu con la intención de coger el Metro en la estación de Ataba hasta Bur Sa’Id, tal y como viene en el plano que compré en Madrid. Sin embargo mi sorpresa ha sido mayúscula cuando, una vez dentro del Metro, le he preguntado a un empleado del suburbano cuál era la dirección que tenía que tomar para llegar a Bur Sa’Id, me ha respondido con cierta extrañeza y esbozando una mueca de sorna: “No hay estación de Metro en Bur Sa’Id, Señor”. Creyendo que me estaba tomando el pelo ¾los cairotas son muy dados a gastar bromas inocentes a los extranjeros¾ le he mostrado mi plano en el que con toda claridad viene una línea de metro que parte de Ataba y llega hasta Salah Salim Terminal, pasando por varias estaciones, entre ellas Bur Sa’Id. Pues bien; el empleado ha mirado atónito mi plano comprobando que era cierto lo que yo le decía, mientras que insistía: “Señor, esa línea de metro no existe… Venga conmigo”. Y me ha llevado hasta un plano del Metro junto a las taquillas y, en efecto, tal línea no existe, ni la famosa parada de Bur Sa’Id. Finalmente me ha preguntado: ¾¿Dónde ha comprado usted ese mapa? ¾En Madrid ¾le he respondido¾. ¾Bueno; hay proyectada una línea en esa dirección, pero no es más que un proyecto todavía ¾me ha dicho tratando de encontrar una lógica a la línea de Metro fantasma que aparece en mi plano¾. ¾Cuando regrese a Madrid exija que le reembolsen el dinero ¾ha terminado diciendo¾.

Ante esta contrariedad he decidido seguir mi camino a pie hasta El Cairo Islámico. La verdad es que hay una tirada, y aunque los taxis son francamente baratos es tal el cansancio mental que me produce la sola idea de pensar en todo el ritual inevitable del consabido regateo con el taxista que he preferido evitarlo.

Los taxis de El Cairo merecen un pequeño excursus. Para empezar, se calcula que hay en la ciudad unos 25.000 taxis; una cifra exorbitante. Hace dos años el Gobierno aprobó un decreto por el que los coches de más de 10 años de antigüedad podían convertirse en taxis pagando los derechos de la licencia de taxi. La consecuencia lógica ¾en un país con una tasa de desempleo altísima como lo es Egipto¾ es que el número de taxis se multiplicó exponencialmente, y las nuevas licencias concedidas a coches viejos envejeció considerablemente, de la noche a la mañana, el parque de taxis. El aspecto de la mayoría de los taxis es inenarrable. Con la carrocería desportillada en muchas de sus partes casi todos, es raro encontrar uno que tenga el juego completo de luces operativo. He visto bastantes con alguna de sus puertas sujeta con una cuerda enrollada y anudada en el marco; hasta sin parabrisas he llegado a ver alguno. El estado de su interior está en consonancia con el destartalamiento exterior. Suelen cubrir el salpicadero con una especie de tapizado que imita la piel de borrego, y en la que se acumula la suciedad y el polvo, por lo que su tono grisáceo es difícil saber si es original o, por el contrario, ha ido acrisolándose con el paso del tiempo. Los asientos tienen las tapicerías prácticamente deshechas. El chirrido de los muelles de su interior acompasa la rodadura del coche sobre la irregularidad del asfalto lleno de socavones y jorobas. El suelo en no pocos casos presenta agujeros a través de los que puede verse el asfalto de la calle. El precio de la carrera es a convenir con el taxista, por lo que es obligado entrar en el fatigoso y consabido regateo; pero tratándose de un guiri, siempre es al alza. Por eso es muy importante enterarse de cuál es el precio promedio por distancias, a fin de que el taxista vea que conoces cómo andas las tarifas y así evitar el sobreprecio. Aún con todo, las tarifas son realmente bajas. Por poner un ejemplo, desde el centro de la ciudad hasta el aeropuerto, la carrera viene a salir por unas 70 libras egipcias, es decir, menos de 10 euros; desde Maidan Tahir hasta sharia Al-Azhar, unas 18 libras egipcias, es decir, unos 2,5 euros. En fin, que el taxi es un medio de transporte urbano francamente barato.

Pues bien; contaba todo esto de los taxis de El Cairo a propósito de mi caminata ¾a fin de evitar el cansino ajuste de precio con el taxista¾ desde Midan Attaba hasta llegar a la avenida de El Azhar, que en su tramo final atraviesa el barrio de El Cairo Islámico dividiéndolo en dos mitades: norte y sur. Ya en las estribaciones de este barrio la fisionomía de la ciudad empieza a cambiar notablemente. Las calles son aquí mucho más estrechas y de trazado irregular, configurando un verdadero laberinto en el que es muy fácil perderse. Además el bullicio es considerablemente más ruidoso, y el tráfico se complica en densidad y bocinazos. Los peatones deambulan por entre los coches generando una congestión permanente que los agentes de Policía, con la desidia que los caracteriza,  contemplan pasivamente sentados en las sillas que para pasar más cómodamente su jornada de servicio han sacado de no se sabe dónde ¾cada silla es diferente: las hay de oficina, con ruedas; de cocina, de esas típicas de formica azul y patas niqueladas muy delgaditas; de despacho antiguo, esas de madera oscura y con motivos tallados; de consultorio médico, esas metálicas blancas con el asiento y el respaldo también de metal, etc..¾ y se han apostado con ellas dentro de una especie de garitas que están repartidas por toda la ciudad, o bajo un sombrajo que cada uno ha improvisado con lo primero que ha encontrado a la mano en el contenedor de basura más cercano. La Policía de El Cairo es como para escribir todo un tratado, y prometo hacerlo cuando me jubile. Hay miles de ellos ¾policías¾ por toda la ciudad. Así, a ojo, calculo que al menos un 5 por 100 de la población de El Cairo deben de ser policías. Llevan un uniforme blanco ¾al menos debía de serlo cuando lo estrenaron¾ y van tocados con una boina negra de estructura rígida, parecida a la que se llevaban antiguamente en las unidades de carros de combate en España. En la parte superior de la boina, es decir, en el plato, llevan una cinta de color según la unidad a la que pertenecen. Pero el aspecto que ofrecen estos agentes de la autoridad no es para descrito. Como diría mi amiga Soco… “no encuentro palabras”.

Y después de este breve excursus sobre la Policía de El Cairo, volvamos al hilo de nuestro paseo por El Cairo Islámico. Los puestos de toda clase de objetos y cachivaches se suceden sin término a lo largo de las aceras. Se venden especias, lámparas de latón, correas de ventilador y tubos de escape para coches, licuadoras Moulinex, instrumental quirúrgico, fotografías antiguas, jarrones y vasijas de todo tipo y material, uniformes y efectos militares, sombreros de lo más variado, ropa vaquera, cestos de mimbre, bollería egipcia, marcos para enmarcar cuadros y fotos, chilabas, babuchas, bicicletas oxidadas y sin oxidar, calcetines y bragas, cuerdas y cordeles de todas clases, silbatos de metal y de plástico, marionetas, tambores, caramelos de fabricación casera, turbantes, cuchillería y tijeras, coranes de todos los tamaños y formatos, sudokus, ajedreces de marquetería y filigrana de nácar, narguiles, botijos, sillas y taburetes, ratones y teclados de ordenador con caracteres árabes, papiros egipcios, cuadros con suras del Corán, antenas parabólicas y TDT,s, relojes, tabaco americano de contrabando ¾el del puesto charla amigablemente con dos policías¾, alpargatas, ceniceros y figuras horribles de alabastro, sarcófagos en miniatura de Tutankhamón, máquinas de coser, gafas viejas, dientes de oro, Nintendos, calderos de cobre que fabrican allí mismo a la vista… Resulta fascinante contemplar toda esa Arcadia de objetos de lo más variado configurando una especie de collage surrealista. Las calles de este zoco son estrechas y sucias, con el piso de tierra sobre el que suelen formarse charcos junto a los pequeños aljibes de agua que hay colocados en algunos puestos. La tipología de gente que por aquí transita es también de lo más variado. Jóvenes con aspecto y vestimenta bakala; señoras completamente cubiertas con niqqab ¾ que cubre hasta los tobillos, y todo el rostro, dejando tan sólo visibles los ojos por una abertura horizontal¾; barbudos sin bigote vestidos con galabiyya y tocados con el gorrito blanco de talibán; viejos vestidos de moro sentados en los umbrales de los portales fumando su cigarrillo y con la mirada perdida; turistas vestidos de turistas.

Pero además del zoco o mercado, este barrio contiene incontables mezquitas y edificios antiguos. Hoy es viernes ¾el día sagrado para los musulmanes¾ y todo el mundo acude a la mezquita a hacer la oración y escuchar la prédica del imán. A las horas que coinciden con la oración se silencia la música y se escucha a los muecines de las mezquitas próximas llamar al rezo por los altavoces que hay colocados en los minaretes de todas las mezquitas; y cuando hay varias mezquitas cercanas, los cantos de varios muecines amplificados por la megafonía se superponen unos sobre otros creando una cierta confusión de voces y de tonos que produce una sensación enorme de follón y barullo. Pero además, por ser viernes, hoy los imanes predican en sus mezquitas, y sus pláticas son también escuchadas desde la calle ¾se quiera o no se quiera¾ a través de la megafonía. ¿Os imagináis lo que debe de ser ir caminando por la Plaza Mayor de Madrid ¾pongo por caso¾ y que la homilía dominical del Cardenal Rouco Varela se escuchara a todo volumen a través de altavoces colocados en la calle? Espanta la sola idea de pensar en ello. Pues eso mismo es lo que sucede aquí. La religión islámica es una realidad omnipresente en la vida pública, en la vida diaria de la calle para todo el mundo. No hay separación real ni posible entre vida privada y la religión pública que todo lo invade. Todo está impregnado de una asfixiante y densa atmósfera religiosa de la que no es posible escapar. La religión ocupa todo; también el ámbito de la vida en la calle en sus aspectos más cotidianos, de manera que nadie puede escapar de ella.

He cruzado la sharia El Azhar para pasar a la parte sur del zoco. En ella se venden telas, mantelerías y alfombras. Y un poco más a la izquierda está la mezquita madraza ¾Universidad¾ El Azhar, en la que se enseña Teología islámica y Derecho coránico. Hoy, día festivo, estaba cerrada, por lo que no me ha sido posible entrar a visitarla.

Mañana espero continuar mis paseos por El Cairo Islámico y quizás adentrarme, también, por el barrio copto. Ya veremos.

 

____________________________________________________________________

Sábado, 8 de agosto de 2.009

Esta mañana me he levantado muy tarde, a eso de las 12,00; la verdad es que anoche me acosté reventado y esta mañana el cuerpo me pidió seguir durmiendo más tiempo.

Ayer descubrí una cafetería muy cerca del hostal ¾la American Coffee Shop¾ en la que tienen el mejor café que he encontrado hasta ahora en El Cairo, de manera que he desayunado allí un café doble con leche y un riquísimo pastel de chocolate; me ha sabido a gloria el desayuno. Después de consultar la guía y el plano por unos minutos me he puesto en camino hacia el barrio islámico que ya visité ayer. Mi intención era explorar más a fondo la parte sur del barrio y bajar hasta la Ciudadela. El recorrido que hoy he hecho hasta legar allí ha sido tomar la sharia Abd Al Khaliq Sarwat hasta Midan Opera, para, desde aquí, coger la sharia Al Qal’a ¾o sea, la calle de Alcalá en castizo¾. La sharia Al Qal’a es una calle que forma parte ya de los bazares del zoco de El Cairo, y esta zona está dedicada en su mayoría a tiendas, tenderetes y puestos de instrumentos musicales en su primer tramo, y a muebles en su tramo final hasta llegar a la plaza de Midan Al Qal’a. En el primer tramo he podido entrar en el taller de un luthier que estaba trabajando en la fabricación de una especie de vihuela y me he quedado un buen rato charlando con él. Me ha explicado cómo se fabrica este instrumento y las distintas clases de madera con que está hecho. Él, además de fabricar este instrumento, sabe tocarlo con enorme destreza, de manera que me ha ofrecido un mini concierto para mí solo; una maravilla poder escuchar el sonido de un instrumento de manos de la misma persona que lo ha fabricado con todo su afán y delicadeza.

Más adelante, como he dicho, están las tiendas dedicadas a los muebles; vitrinas y sillones principalmente. Y, por qué no decirlo, bastante hortera todo. Los sillones emulaban el estilo Luis XV, con uno dorados que quitaban la respiración por lo cateto, y unos tapizados en rojos vivos y dorados que hacían verdadero daño a la vista. Y es que para los árabes el dorado es signo inequívoco de bienestar y opulencia, de manera que a la mínima tiran de dorados aunque sea para un taburete de cocina.

Al final de la sharia Al Qal’a se llega a la plaza del mismo nombre, en donde se encuentran, fachada con fachada, las mezquitas del sultán Hassan y la de Al Rifai, dos de las construcciones más importantes de la ciudad. La de Hassan es del siglo XIV, y corresponde al período mameluco. Destaca sobre todo la espaciosidad interior y la altura de las cubiertas, que dan al conjunto una imponente majestuosidad de dimensiones.

La mezquita de Al Rifai es mucho más moderna, ya que se empezó a construir en 1.819 y no se terminó hasta 1.912, es decir, casi 100 años después del comienzo de su construcción. El estilo arquitectónico de esta mezquita no merece gran atención, ya que se trata de un remedo bastante burdo del estilo mameluco. Como dato curioso, mencionar que en el interior de esta mezquita está enterrado el último Sha de Irán ¾Mohamed Reza Palevi¾, que tras ser expulsado de Irán con ocasión de la Revolución de los ayatolás en 1.979, vino a vivir a Egipto, donde se le concedió asilo político, y aquí murió.

Justo enfrente de ambas mezquitas, en el otro extremo de la Midan Al Qal’a se encuentra la ciudadela, una gran fortificación amurallada construida XII por Salah Al Addin ¾conocido en España como Saladino, el famoso sultán de la defensa de Jerusalén frente a los cruzados¾. En el interior del recinto hay varias mezquitas de entre las cuales destaca la de Mohamed Alí por ser de estilo netamente bizantino, emulando la factura de las mezquitas de Estambul.

Dejando la Ciudadela, y cogiendo la Sharia Al Salbiyya se llega a la mezquita más antigua de El Cairo, la de Mohamed Ibn El Tulun, construida en el siglo IX, y que debe su nombre a un prefecto o gobernador abasí enviado por Bagdad para gobernar Egipto. Destaca en ella fundamentalmente el patio interior ¾llamado también sahn¾ por su enorme dimensión, y el alminar en espiral que lo hace inconfundible. También es curioso destacar que esta mezquita está por entero construida en adobe.

Dejando la mezquita de Ibn El Tulun he tomado la sharia Qadry hasta llegar a Midan Bab Al-Khalq, y desde esta plaza me he vuelto a introducir en el laberinto indescifrable del zoco por la sharia Ahmed Mahir hasta llegar a una de las antiguas puertas ¾llamada de Bab Zweila¾ del barrio islámico situada junto a la mezquita de Al-Mu’ayyad. Esta zona de Bab Zweila resulta verdaderamente interesante, ya que conserva por completo todo el tipismo medieval de El Cairo casi completamente intacto. Atestado de puestos y tenderetes de todo tipo, sus calles están sin pavimentar, con lo que terminas con los pies hechos un verdadero asco, más todavía si llevas ¾como es mi caso¾ chanclas. Por este arco se accede a la sharia Al Muezz Li Din, que desemboca en la sharia Al-Azhar, la cual he cruzado para llegar a la parte norte del barrio islámico, concretamente a la zona de la mezquita de Al-Hussein, en donde hay varios locales de comida árabe en uno de los cuales me he sentado a cenar algo. El chico que me ha atendido hablaba un correcto español. Me ha dicho que su nombre es Roberto ¾para los españoles¾, pero que su verdadero nombre es Ahmed. Debía de rondar los 21 ó 22 años, y tenía una simpatía natural que no resultaba nada cargante. Me ha estado bacilando durante toda la cena en buen plan, y hasta ha llegado a sentarse varias veces en mi mesa para darme conversación. Me he reído una barbaridad con las ocurrencias de este chico.

Después de cenar, y cruzando de nuevo la sharia Al Azhar, pero en esta ocasión hacia la parte sur del barrio islámico, he ido al centro cultural Al-Ghuri, junto a la mezquita del mismo nombre, donde se representaba la danza de los derviches giróvagos de la secta islámica del sufismo. Ya tuve ocasión de ver la danza de los derviches en mi reciente visita a Estambul, en el templo de MevLevi, junto a Taksim. En esta ocasión, la danza ha sido algo distinta: mucho más viva y colorida que la de los derviches turcos. Las vestimentas, de hecho, ofrecían una vistosidad y colorido que nada tienen que ver con la sobriedad de aquellos.

Mañana espero poder visitar el barrio copto. Ya os contaré.

 

____________________________________________________________________

Domingo, 9 de agosto de 2.009

Tal y como tenía previsto, he dedicado el día de hoy a visitar el barrio copto de El Cairo. Pero antes de ponerme en marcha he ido a desayunar al café que descubrí el otro día cerca del hostal, en la sharia Talaat Harb, y en el que sirven el café más pasable de cuantos he probado hasta el momento en la ciudad. Lo cierto es que comparativamente con los precios de otras cosas aquí, es bastante caro: por un café con leche y un pastel de chocolate te cobran unas 35 libras egipcias ¾unos 4 euros¾, y puedo aseguraros que eso aquí es una verdadera pasada; para que os sirva de referencia de lo que digo, tened en cuenta que por 35 ó 40 libras egipcias ¾unos 4 ó 5 euros¾  puedes comer.

Pues bien; después del desayuno ¾que he pagado bien a gusto¾, he ido caminando por la sharia Talaat Harb hasta la Midan Tahir para coger allí el Metro en la estación de Sadat en dirección al barrio copto. La estación de metro debe su nombre a quien fuera presidente de Egipto desde 1.970 hasta 1.981. Hasta el año 1.970 el presidente de Egipto fue el general Gamal Abd El Nasser, quien se había hecho con el poder en 1.956 tras un golpe de estado. Nasser practicó una política nacionalista de corte socialista, llevando a cabo un cierto acercamiento a los países de la órbita soviética. Implantó una economía planificada con fuertes inversiones y gasto público en la realización de importantes obras públicas, de entre las cuales cabe destacar la construcción de la presa de Assuan, construida para regular el nivel del Nilo y evitar de ese modo las crecidas episódicas que cada año, en el verano, inundaban casi por entero la cuenca del río ocasionando enormes pérdidas agrícolas. Construir la presa de Assuan suponía anegar buena parte de la cuenca sur del Nilo, lo que produciría la inundación y pérdida de importantes restos arqueológicos, entre ellos el célebre templo de Abú-Simbel. Para evitar esta pérdida irreparable el gobierno egipcio emprendió un plan de salvamento de tan importante patrimonio que consistía en desmontar pieza a pieza ¾literalmente¾ el templo de Abús-Simbel y trasladarlo enteramente para volver a reconstruirlo unos cuantos metros más arriba de la cuenca del Nilo. El coste de tan tremenda obra era inabordable con los presupuestos del Estado Egipcio, por lo que Nasser solicitó la ayuda y cooperación de otros estados ¾entre ellos España, que a la sazón mantenía unas relaciones privilegiadas con el mundo árabe (era la época de Franco)¾ que colaboraron financieramente y con la cesión de infraestructuras para su realización. En agradecimiento, el Estado egipcio regaló a España el pequeño templo de Debod, que situado en las proximidades de Abú Simbel, se encuentra ahora en Madrid, al final del Paseo de Rosales, junto a la Plaza de España.

Y tras la muerte de Nasser, ocurrida en 1.970, asumió la presidencia quien hasta ese momento había sido su Vicepresidente: Anuar El Sadat. Sadat inició una política de cambios que llevó a Egipto a desmarcarse del socialismo nacionalista emprendido años atrás por su predecesor, iniciándose en Egipto un nuevo período caracterizado por la introducción del liberalismo económico que atrajo fuertes inversiones de capital de países occidentales, principalmente de Inglaterra, Francia y EE.UU. Sin embargo, el giro político introducido por Sadat, que supuso, además, el cambio de orientación de la política exterior egipcia en el conflicto árabe-israelí ¾fue Sadat quien firmó con Israel en 1.979 el Tratado de Camp David, que auspiciado por los EE.UU. suponía la paz entre Egipto e Israel¾, desató el resurgimiento en Egipto de un movimiento de oposición de corte islámico fundamentalista que terminó provocando el asesinato del Presidente Sadat en 1.981, a quien los fundamentalistas consideraban un traidor al nacionalismo islámico. Con la muerte de Sadat Egipto ha tenido muy  difícil ¾aunque lo ha conseguido¾ continuar con la línea de moderación iniciada por Sadat, y en la actualidad, aún siendo un país netamente islámico, es sin embargo uno de los principales aliados de EE.UU. en la región. Tras el asesinato de Sadat, asumió la presidencia del país su Vicepresidente, Hosni Mubarak, quien la desempeña hoy todavía. Desde su toma del poder, Mubarak viene manteniéndose en un complicado equilibrio entre la aceptación de la existencia de Israel como nación, por una parte ¾lo que le ha granjeado la amistad y apoyo de los EE.UU.¾, y el mantenimiento de los vínculos culturales e identitarios con los demás países del mundo árabe ¾no hay que olvidar que Arabia Saudita apoya financieramente al estado egipcio a paliar su permanente déficit. Y, en fin, todo este excursus de la reciente Historia de Egipto para explicar quien era Sadat, que es quien da nombre a la estación de Metro de Midan Tahir. En fin, que esta mañana he cogido el Metro en la estación de Sadat en dirección al barrio copto. Y es que la manera más directa y rápida de ir al barrio copto es en metro, bajándose en la estación de Mar Girgis. Hasta hoy no había entrado todavía en el Metro. Y merece la pena hacerlo. El precio del billete es de 1 libra egipcia, es decir, unos 15 céntimos de euro. La suciedad también aquí se acumula por todas partes. Los vagones presentan un aspecto de descuido y dejadez bastante lamentable. Entre el pasaje puede verse idéntica mezcolanza de gente variopinta que uno encuentra en la calle: desde chicos vestidos con camisetas ajustadas de colores chillones y vaqueros ceñidos, y que en España pasaría perfectamente por gays, ¾pero que aquí deduzco que no lo son, ya que todos los jóvenes de entre 18 y 25 años visten así en El Cairo¾, pasando por viejos vestidos con galabbiyya ¾esa especie de chemisse lounge tan típica de los países árabes¾ y turbante, pasando por señoras de rigurosísimo negro, acompañadas de sus maridos, claro está, y cubiertas con el niqqab, que, dejando tan sólo una pequeña abertura a la altura de los ojos ¾única parte de su cuerpo que dejan visible¾ las cubre por entero, literalmente, de la cabeza a los pies, y que llevan ocultas hasta las manos con guantes. Toda una fauna urbana que no por muy vista deja de llamarte la atención. Me bajo en la estación de Mar Girgis, en pleno barrio copto. El barrio copto debe su nombre a que en esta arte de la ciudad vive la comunidad cristiana de Egipto, que viene a representar actualmente en torno a un 5 por 100 de la población de El Cairo. El origen de la palabra “copto” es bastante incierta, si bien parece que procede del vocablo árabe qihti, que significa “egipcios”; se utilizaría, por tanto, entre los cristianos la palabra qihti para designar a los hermanos de la Iglesia de Egipto, y que latinizada derivaría en “copto”. Según la tradición, el Cristianismo se introdujo en Egipto a partir del siglo II, entrando por Alejandría y extendiéndose posteriormente por el resto del país. También según la tradición, fue el apóstol San Marcos quien trajo la doctrina cristiana, y ya en el siglo IV pasó a ser la religión oficial del estado. La Iglesia Copta, por tanto, pertenece al credo cristiano, y procede de una escisión de la Iglesia Ortodoxa cuando, en el año 451, el Concilio de Calcedonia declaró la doble naturaleza ¾humana y divina¾ de Cristo, manteniendo los cristianos de la Iglesia de Egipto, por el contrario, su única naturaleza divina. Es decir, que los coptos son monofisitas (mono=una; physis=naturaleza).

 Situada muy cerca de la estación de Metro de Mar Girgis está  la iglesia de la Virgen María, y que aquí llaman “iglesia colgante”, debido a la peculiaridad de su arquitectura, como suspendida a varios metros de altura sobre el nivel de la calle. Destaca de esta iglesia su atrio, de forma alargada, y que conduce hasta una escalinata pronunciada por la que se asciende hasta el templo. Merece la pena, sobre todo, el iconostasio ¾existente únicamente en los templos de las Iglesias cristianas de Oriente&fra

El Patio de las Escuelas [proyecto de novela].

jueves, 21 de mayo del 2009 a las 17:14
guardado en

De cómo llegué a la ciudad de Salamanca

Cúmpleme presentarme, que de bien nacidos es hacerlo, y yo, que por tal me tengo, no acostumbro a dejar de hacer lo que mi condición exige. Diego pusiéronme por nombre mis señores padres, hijos ambos de Castilla. Los apellidos de Valdivia y Orellana de ellos heredé. En el año de nuestro Señor de mil quinientos y veintiuno, principiadas las tristemente célebres Revueltas de las Comunidades, mi señor padre, que don Fernando de Valdivia se llamaba, movido por el grande amor que profesaba a la Castilla de su linaje, tomó partido por la causa de la Junta Santa, que reputaba justa, pues, a su decir, no era la tierra de sus ancestros para ser mal gobernada por extranjeros ni advenedizos que, a más, venían en hacer a las espaldas del emperador cuanto les venía en gana como desleales súbditos que eran. Y así alzó mi señor padre armas, del lado de don Juan de Padilla, contra tal estado de cosas y así poder devolver el gobierno de Castilla a los prop,ios castellanos bajo el mando de su emperador. Mas falta por entero a la verdad quien diga desleales a quienes por tal causa pelearon, que no fueron los caudillos de la revuelta traidores a su emperador -como algunos piensan y dicen-, pues movíales la sola voluntad de poner término a los abusos y afrentas sin cuento que aquellos extranjeros, flamencos en su cumplida mayoría, habían hecho a la vieja Castilla estando della ausente el emperador. Mas, perdida su causa en los campos de Villamar, fueron muertos por decapitación aquellos grandes caudillos, y dispersáronse sus huestes por toda Castilla, y hasta por las tierras de León, Aragón y Navarra. En el año siguiente habría de regresar a Castilla el emperador, y grande fue entonces su indulgencia, que tuvo no ya por suficiente sino excesiva la muerte de los jefes principales de la revuelta, de modo que mandó no se molestara ni persiguiera más a nadie que hubiera tomado parte en ella. Y es del modo que acabo de referir la cabal verdad de cuanto hace a los propósitos de quienes por el bien de Castilla y aun del imperio pelearon como buenos, y del recto y generoso proceder que para con ellos tuvo el emperador desde que llegó a saber de lo sucedido.

Marchó, entonces, mi señor padre a la ciudad de Sigüenza en el año de mil quinientos y veintidós. Y fue en esa noble ciudad que vi la primera luz un día del mes de julio del año de nuestro señor de mil quinientos y cuarenta, y en ella fui criado. Mas ahora, cumplidos ya mis setenta años, considero, con la distancia de los años y el discernimiento que mi ancianidad confiere, que tanto mejor me hubiera sido -pienso en ello con pertinaz frecuencia- haber quedado en la casa paterna apacentando rebaños y aplicado a la labranza, antes que haber ido a dar con mi persona -por merced de su Ilustrísima, don Alipio de Quesada, obispo que fue de Sigüenza-, en la vetusta Salamanca del estudio, la erudición y las letras.

.... mi cuaderno de bitácora de Estambul...

domingo, 05 de abril del 2009 a las 12:01
guardado en

 


Estambul, 26 de marzo de 2009

He llegado hace una hora escasa a Estambul. Apenas me he acomodado en el hotel "Paradaise" --que de "paradise" no tiene más que el nombre, porque más básico no cabe--, y he salido a dar una vuelta por la peatonal Istiklal Caddeçi --algo así como la calle de Preciados de Madrid pero cuatro veces más larga-- hasta llegar a la plaza Taksim --que, continuando con los símiles, es el equivalente a la Puerta del Sol pero en cutre--. Mi hotel se encuentra en el mismo corazón de Beyöglu, la que llaman, impropiamente, "parte nueva" de Estambul, pues su fisionomía es plenamente decimonónica. Es de noche, llueve y hace frío. Siempre me ha parecido que llegar de noche a una ciudad que todavía no conoces te sitúa en franca desventaja frente a ella; la ciudad no te acoge, sino que, como a un extraño del que desconfía, te escruta, te vigila.

Llevo sentado un rato en uno de los cientos de cafés que hay en la Istiklal Kaddeçi, en un sillón junto a una mesa situada ante un enorme ventanal que se abre a la calle; magnífico observatorio en el que esconderse de la mirada intimidante de la ciudad para, cambiando las tornas, observarla sin ser visto por ella. En la calle, la humedad y el viento frío ponen una nota de inhospitalidad que me invita a pensar en recogerme a descansar en el hotel.

De camino hacia el hotel, desde una de las bocacalles de la Istiklal Caddeçi me llega la melodía de una bellísima tonada turca que tira de mí con su melancolía seductora. Dos músicos que deben mediar la treintena son quienes desgranan con un laúd y una guitarra las evocadoras notas llenas de tristeza. Aunque la letra me resulta indescifrable --cantan en turco-- la cadencia y el ritmo de la música, el timbre y la inflexión de sus voces delatan que cantan al amor, a la añoranza de un amor que no acaba de encontrarse, pero que el corazón conoce y busca sin descanso. Y pienso que la indigencia del corazón es lo que más iguales nos hace a todos los humanos. En ella es fácil reconocernos unos a otros, no importa qué lengua hablemos, qué tradición sea la nuestra o a qué raza pertenezcamos. Tomo asiento, pido una cerveza, y dejo que la música me penetre reblandeciendo el sentimiento... ¡Cuánto lo necesitaba!

La ciudad --le pido perdón por haberla juzgado tan precipitadamente-- ha captado mi queja y me regala esta cálida caricia de inmensa ternura. Intuyo que Estambul me tiene reservadas algunas sorpresas. Aquí me tiene: soy todo suyo.

 

Estambul, 26 de marzo de 2009

Hoy he amanecido tarde, a eso de las 11,15 am. Anoche no me sentía especialmente cansado, pero a juzgar por lo que he dormido debía de estar reventado.

Desayuno en un café próximo al hotel, es decir, al final de la Istiklal Caddeçi, pero en el extremo opuesto a la plaza de Taksim. Como el de anoche, tiene también un amplio ventanal que convierte a la Istiklal Caddeçi en un verdadero escaparate digno de ser observado. Llevo el portátil conmigo y me conecto al Hotmail. Aquí, a diferencia de lo que sucede en Madrid, el Ayuntamiento ofrece acceso gratuito a su red Wifi en toda la ciudad. Los ayuntamientos españoles debieran de tomar nota.

Termino mi desayuno y, a pocos pasos del café, me introduzco por los estrechos y empinadísimos callejones --en los que tan sólo se ven tiendas de electrónica y de instrumentos musicales-- de lo que es el barrio bohemio de Estambul, que ofrece una fisionomía completamente parisina. De hecho la tipología de tribu urbana que por aquí transita es de un aire inconfundiblemente "alternativo", con peinado rastafariano incluido en algún caso. En los escaparates de las tiendas puede verse una curiosa mezcla de instrumentos tradicionales turcos con guitarras eléctricas y baterías. La música es uno de los platos fuertes de Turquía. No en vano, la macedonia cultural que es Turquía ha encontrado en la música uno de los mejores cauces de manifestación y expresión, y resulta difícil, dada su diversísima procedencia, distinguir los diferentes "palos" musicales que componen el caleidoscopio musical turco. De entre todos ellos destaca el fasil, de origen probablemente kurdo, y en el que el violín, el kanem (especie de laúd), el tambur (o tambor), y el ut (muy parecido a la vihuela europea), son los protagonistas. De la tradición irania parecen proceder las distintas tipologías de flauta presentes en la música turca, con su inconfundible sonido grave y aterciopelado. El fasil tiene un sonido rabiosamente étnico que transporta a la imaginación y a los sentidos a la Anatolia profunda. Esta música suena al paisaje ocre y a la luz ambarina de la capadocia.

A través de estas calles de la bohemia estambulí bajo, desde la Istiklal Caddeçi, hasta el barrio de Karaköy, que, en las estribaciones del Cuerno de Oro --estuario del Bósforo que se adentra en la ribera europea de la ciudad--, es la falda y confín de este promontorio que es Beyöglu... Pero son ya muchos nombres, como para empezar a perderse entre ellos. Quizás es el momento de describir básicamente la composición topográfica de Estambul.

Estambul no es una, sino varias ciudades. En primer término, la ciudad está partida en dos mitades por el estrecho del Bósforo, que separa Europa de Asia. Así, pues, Estambul tiene dos primeras mitades: una en Europa y la otra en Asia. La mitad asiática corresponde a lo que era la antigua Calcedonia. La mitad europea es la que en otros tiempos se llamó Constantinopla o Bizancio.

En este pequeño mapa, la margen a la izquierda del estrecho del Bósforo corresponde a la parte europea de Estambul, mientras que la margen derecha es la parte asiática. Esta es la primera partición básica de Estambul en dos mitades... "Asia, a un lado; al otro, Europa...".

 

Pero, a su vez, la margen europea de la ciudad se divide en otras nuevas dos mitades por un estuario del Bósforo que atraviesa la corteza de su costa hasta bien adentro. Esta ensenada es conocida como El Cuerno de Oro. Dicen las crónicas que cuando los otomanos, allá por el año 1453, --procedentes del extremo oriental del Imperio Bizantino-- entraron en la ciudad de Constantinopla después de haberla sometido a un crudísimo asedio durante 54 días, los habitantes de la ciudad ya habían arrojado a las aguas del estuario ingentes cantidades de oro y joyas, evitando que pasaran a engrosar las riquezas de sus invasores. De ahí --se cuenta-- procede el fastuoso nombre de Cuerno de Oro con que es conocido este estuario que divide la margen europea de Estambul en dos mitades. Y estas dos mitades son Beyöglu (la margen norte), y Sultanhammet (la margen sur). Ambas márgenes --que configuran dos colinas sobre las que la ciudad se levanta desde las costas del Cuerno de Oro-- están unidas actualmente por tres puentes, de los cuales el más popular y utilizado es el Puente Gálata.

Cuando llego a Karaköi después de haber bajado desde la cima de Beyöglu, me encuentro con el Puente Gálata, que, cruzando sobre el "Cuerno de Oro", me conduce hacia la parte más antigua de la ciudad: Sultanhammet, en la margen sur. Es en ésta parte vieja de la ciudad donde se encuentran los grandes tesoros de Estambul: la Mezquita del Sultán Hammet (también conocida como Mezquita Azul, por el color de los azulejos que revisten sus cúpulas y bóvedas), la basílica cristiana de Santa Sofía, el palacio Topkapí, el Gran Bazar... El puente Gálata puede cruzarse a pié o tomando en la parada de karaköy el tranvía que transcurre sobre su superficie.

Lo primero que me encuentro al llegar a Sultanhammet, al otro lado del puente, es el barrio de Eminönü, que recibe el nombre del principal puerto de la ciudad, del que parten y al que arriban barcos procedentes de todos los puntos cardinales. También del puerto de Eminönü parten varias líneas regulares de transboradores que funcionan como verdaderos autobuses acuáticos que llevan y traen a los estambulíes de la parte asiática a la europea y viceversa. Mucha gente vive y trabaja en dos continentes diferentes, y tienen que tomar a diario los transbordadores.

Adentrándome en la ciudad desde el puerto de Eminönü, llego a  la que llaman Mezquita Antigua. Me descalzo para entrar en ella; es el mismo gesto de respeto reverencial de Moisés ante la hierofanía imponente de la zarza que ardía sin consumirse, según cuenta el Libro del Éxodo: "Dedescálzate, Moisés; porque el suelo que pisas es suelo sagrado". Con este gesto de descalzarme caigo en la cuenta de que todas las religiones monoteístas llamadas "del Libro" proceden de un mismo y único tronco; es decir, que, en origen al menos, su Dios es el mismo: Yahveh, Alláh, Elohim... y, sin embargo --qué curioso--, llevan siglos practicando la más feroz intolerancia entre ellas. En las tres grandes religiones, sus respectivas mitologías cosmogónicas cuentan que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza... ¿No será, por cierto, que han sido ellas las que han "fabricado", cada una, un dios --su dios--, a imagen y semejanza de la necedad del hombre?

Dentro de la mezquita algunos hombres rezan siguiendo escrupulosamente el agotador ritual de postrarse y erguirse repetidas veces. Pienso --mientras los observo-- si el cumplimiento y observancia rigurosa de este ritual de oración repetido cinco veces al día, durante los 365 días de cada año, contribuye en algo a transformar el corazón de los hombres que lo practican. La misma pregunta me he hecho cientos de veces cuando veo en Madrid, cada domingo, gentes saliendo de una iglesia después de haber cumplido con el precepto de santificar la fiesta dominical. Y me asalta un pensamiento culpabilizador: ¿quién soy yo para juzgar el valor redentor que para cada cuál pueda tener o no la observancia de rituales o preceptos religiosos? Me exculpo respondiendo que en mi caso --único del que tengo cabal conocimiento-- no supusieron cambio alguno en mi forma de ser ni de vivir; aquietaba, eso sí, mi maltrecha conciencia --¡son muchos siglos de trabajarnos las conciencias!--, pero nada más.

Junto a la Mezquita Nueva, el bullicio callejero comienza en un enorme mercado de especias. El mercado es una enorme construcción cubierta, con planta en forma de "L". Cientos de puestos ofrecen especias de distintos y exóticos colores, dispuestas en pequeños montículos que forman una inacabable hilera de crestas multicolores. Los vendedores me atosigan con afán de venderme su mercadería. Simplemente les devuelvo su ofrecimiento con una sonrisa y un tajante "No, many thanks". Los pueblos mediterráneos siguen siendo todos netamente fenicios.

Dejando el mercado de las especias, prosigo mi paseo por la ciudad vieja a través de interminables mercadillos en los que pueden verse cachivaches de todo tipo, pero, en muchos casos, de utilidad completamente desconocida para mí. Un vendedor de un puesto de zapatos "de marca" me ofrece un par de zapatos de reluciente charol negro: --Genuine leather --me dice--, try them... --¿Genuine leather? --le contesto preguntando; y cuando ve mi gesto de acercar la llama del mechero a la "genuine leather" para comprobarlo, sale el arcángel Gabriel que lleva dentro, y, como si hubiera visto en mí la mano del mismísimo Abraham empuñando el cuchillo para clavarlo en el inocente corazón de su hijo Isaac, me detiene haciendo sapavientos: --¡No plastic! ¡Genuine leather! --insiste--... Nos miramos y los dos reímos.

Continúo mi camino subiendo por calles en pendiente hasta el parque Sultanhammet, que separa la Mezquita del Sultán Hammet --o Mezquita Azul-- de la basílica de Santa Sofía. Empieza a lloviznar y hace frío. Las imponentes cúpulas de estas dos maravillas --que rivalizan retándose mutuamente, la una enfrente de la otra-- me hacen reconocer el perfil inconfundible que ya conocía de Estambul antes de estar aquí. Entro al interior de Santa Sofía. Todo cuanto pueda decir de lo sobrecogedor de sus dimensiones es poco. Reconozco los enormes medallones circulares --se llaman "tondos"-- en las pechinas de la cúpula central y que, con descomunales caracteres arábigos dorados sobre un fondo negro, transcriben los distintos nombres de Alláh. En la galería superior, que recorre todo el perímetro de la basílica, hay unos extraordinarios mosaicos bizantinos que representan a Cristo como juez en el Juicio Final, y, a ambos lados de él, la Virgen María y el apóstol san Juan, el discípulo predilecto. Me viene, de nuevo, a la cabeza, lo que antes dije acerca de que es el hombre quien ha creado un dios a imagen y semejanza de su estupidez, y no Dios quien creó al hombre a su imagen y semejanza: Constantino, el emperador del sacro Imperio Romano de Oriente, cuya capital fue Bizancio (hoy Estambul), cayó en la cuenta de la enorme influencia que la creciente secta de los cristianos tenía dentro de la sociedad. Constantino, decidido a sacar buen provecho de ello, decidió, entonces, en lugar de suprimirla y perseguirla, concederle los más altos honores y dignidades del Imperio. Nombró a los "epískopos" --obispos de la Iglesia cristiana-- jueces del Imperio, atribuyéndoles la potestad de administrar la justicia civil del Imperio, y pasando a convertir las basílicas cristianas en sedes en las que se administraba justicia. Como signo visible de este nuevo poder imperial con el que habían sido investidos, les impuso la mitra --símbolo de poder imperial-- que aún hoy, todavía, se utiliza. En fin... de aquellos lodos estos barros, que dice el refrán.

Después de mi largo paseo, tomo el tranvía en la parada de Sultanhammet que, después de bordear todo el barrio viejo hasta llegar al puerto de Eminönü, cruza de regreso el Puente Gálata hasta Karaköy, en Beyöglu. Dejo el tranvía y subo caminando por las empinadas cuestas por las que esta mañana bajé. Ahora --será por el sobreesfuerzo de la subida-- me parecen menos atractivas estas calles. Llego a la Istiklal Caddeçi, punto del que partí esta mañana.

 

Estambul, 27 de marzo de 2009

Hoy amaneció --¡por fin!-- con un sol que intenta abrirse paso entre las nubes. La ciudad cobra otro color y otra vida. Dedico la mañana a pasear por el Kapalï Çarsi (el Gran Bazar), cruzando por el Puente Gálata hasta Sultanhammet. El Gran Bazar es un descomunal conjunto, todo el techado, de galerías abovedadas con más de 30.000 pequeñas tiendas en las que se venden las cosas más insospechadas. Está distribuido por zonas, cada una de ellas especializada en artículos de un determinado género: una zona está dedicada a los artículos de marroquinería, otra a los de artesanía, otra a las joyas y bisutería, otra a las alfombras... Es fácil caer como hipnotizado por la mezcla de colores y olores que hay dentro del bazar. Miles de personas deambulan por las galerías en todas direcciones. Una verdadera borrachera de estímulos y de sensaciones que terminan por aturdirte los sentidos.

Los vendedores te asaltan a lo largo de todo el recorrido intentando venderte sus mercaderías. perfumes, sombreros, cinturones, lámparas, narguiles, zapatos, artesanía, instrumentos musicales... El secreto para sobrevivir dentro de esta jungla de cachivaches es caminar con paso firme y seguro, la vista la frente, y no mirar a ningún vendedor directamente a los ojos... Si tu mirada se cruza, siquiera por un segundo, con la de alguno de ellos... ¡no hay quien te ampare!... El vendedor te seguirá y te perseguirá hasta la exasperación... hasta que uno de los dos desfallezca: o él o tú.... y puedo asegurar que tienen una resistencia al desaliento digna de encomio.

Busco cobijo en uno de tantos cafés que hay dentro del bazar. Mientras me tomo un café uno de los camareros --un muchacho de unos 25 años-- me mira y sonríe. Se acerca hasta mí y me dice en un perfecto español de Salamanca: --¿Eres español, verdad?. --Tú también, por lo que veo ¾le contesto--. --No, soy de Estambul. Por la perfección de su acento creo que me está tomando el pelo. Desde luego su aspecto no es español en absoluto, sino más bien delata que es un genuino producto turco.... --¿Y cómo es que hablas el español tan perfectamente? --no me resisto a preguntarle¾. ¾Lo estudié en el colegio --responde ante mi asombro--. --Sí --continúa--, jamás he salido de Turquía.
Increíble, sencillamente increíble que alguien pueda hablar tan perfectamente el español con acento de Salamanca sin haber pisado jamás España. Me cuenta que estudia algo así como Ciencias Empresariales, pero en la Universidad a distancia --aquí, por lo que se ve, también tienen UNED--, y que cuando termine este curso, en mayo, tendrá que hacer el servicio militar, que aquí en Turquía todavía es obligatorio. Le explico que en España también lo era hasta hace no muchos años, y me dice que espera que en Turquía también deje de serlo en breve, aunque --se lamenta-- a él ya no le toque la suerte de librarse del alistamiento.

Continúo mi camino por entre las tortuosas galerías del bazar que, a estas alturas, ya me parecen todas iguales. No tengo ya ni la más remota idea de en qué punto exacto me encuentro dentro de este laberinto y me dejo llevar por el mapa de mi guía de El País con una fe ciega. No me ha fallado, porque en unos minutos consigo, por fin, salir de esta locura de ruidos, voces, colores. Decido regresar caminando, cruzando el puente Gálata, hasta Beyöglu, el barrio en el que me hospedo, al otro lado del Cuerno de Oro. Una vez en karaköi subo por las empinadas calles que me conducen hasta la Istiklal Caddeçi. Busco el cobijo del   café Gloria Jeans, cuyos amplios ventanales y sus cómodos sillones me sirven, como de costumbre, de observatorio privilegiado desde el que contemplar el paso de la vida, como si de un escaparate se tratara.
Son las 7 menos cuarto de la tarde. Espero la lamada de Kurtis --un chico norteamericano al que conocí anoche tomando unas cervezas en un bar de copas del centro--. Es de origen japonés, pero de cuarta generación nacida ya en los Estados Unidos, por lo que no sabe hablar japonés, me dice. Tenemos pensado ir a dar con nuestros cuerpos en un Hammam, donde --según cuentan-- te someten a una auténtica paliza que te deja para el arrastre. Luego, claro está, hechos unos zorros no tendremos el cuerpo para nada más que para dar con nuestros huesos en el catre.

Finalmente recibo la llamada de Kurtis. Los tres --él, su amigo Duc (un norteamericano de orígen vietnamita), y yo-- no tenemos hoy el cuerpo como para exponerlo a la sañuda habilidad de los masajistas turcos. Decidimos, finalmente, ir a cenar algo cerca de la Istiklal Caddeçi. Entrando por una de sus bocacalles --la Balik Passari-- nos adentramos en el mercado del pescado, en el que, además de puestos de venta de pescado fresco recién subido de los puertos de Eminünü y Karaköy, hay innumerables restaurantes especializados en prepararlo, y a muy buen precio. Las mesas están dispuestas en terrazas a ambos lados de la calle. Decidimos sentarnos en una de ellas. Un camarero perfectamente vestido de chaqueta y corbata --elegancia fuera de lugar--, y con una ceremoniosidad digna de mejor causa, nos ofrece la carta. Nos sorprenden los precios, por baratos. Pedimos unos entrantes a base de mariscos, y un plato principal cada uno. Yo me decido por un pez espada que está francamente delicioso. Terminada la cena, nuestros vecinos de la mesa de al lado nos ofrecen a beber un licor completamente transparente típico de Turquía: el raki. Soy el primero en probarlo y siento cierta quemazón en el gaznate. También lo prueban Kurtis y Duc, que, más acostumbrados que yo a este tipo de bebidas, no lo encuentran tan fuerte.

Después de dejar el restaurante decidimos ir a tomar una copa al TekYion, local de moda que, aunque abierto a todo tipo de público, goza de especial aceptación en el ambiente gay. Fue aquí mismo donde anoche conocí a Kurtis; por eso este disco-pub se ha ganado mi simpatía. El local está abarrotado de gente a esta hora --son las 12,30 am--. Después de tomar un par de cervezas, Kurtis y yo decidimos irnos a dormir.

 

Estambul, 29 de marzo de 2009

Llama la atención cómo en Turquía, siendo un país de mayoría notoriamente musulmana, el domingo ofrece el mismo aire de día festivo que en en el resto de las ciudades europeas. Para el Islam es el viernes el día sagrado, y, en principio, el domingo debiera ser un día corriente, un día "entre semana". Pero aquí no es así. Paseando por la Istiklal Caddeçi pueden verse todos los bancos y las oficinas de la Administración Pública cerrados. Los comercios, eso sí, están todos abiertos. El domingo, por tanto, también es aquí el día "eje" que marca el final de una semana y el comienzo de otra. Esto es, sin duda, una de las reminiscencias del proceso de desislamización --secularización-- que emprendió Mustafá Kemal Ataturk allá por la década de los 20 del pasado siglo. Este señor --al que el pueblo turco sin discusión rinde permanente tributo, y cuya foto puede verse por todas partes (no sólo en edificios públicos, sino, también, en los comercios, en los restaurantes, cafés y bares)-- es venerado en Turquía hasta la exageración. Contaré algo acerca de quién fue este señor.

A terminar la Iª Guerra Mundial, Turquía quedó fragmentada en varios territorios, sometido cada uno de ellos bajo el dominio de alguna de las naciones vencedoras (Francia e Inglaterra, principalmente). La Gran Guerra supuso, por tanto, el desmembramiento definitivo del antiguo imperio otomano, del cual Turquía había sido el centro y eje principal. De esta manera, en medio de una Turquía hecha pedazos y bajo el dominio de potencias extranjeras, un general del ejército turco --Mustafá Kemal-- aparece como la figura que encarnará el espíritu del renacimiento del espíritu nacional turco. Mustafá Kemal encabezará un movimiento de independencia, pero desde un nacionalismo de nuevo cuño, es decir, con la clara visión de recuperar el concepto y la idea de "nación turca", pero desprovisto por completo de los viejos elementos islamizantes del ya desaparecido imperio otomano. La importancia indiscutida de su liderazgo hizo que los turcos lo apodaran "Ataturk", que en turco significa "padre de los turcos". El nuevo sentimiento nacional que renace con Ataturk tratará de reconstruir la vieja nación turca, pero, a la misma vez, convirtiéndola en una nación moderna, al estilo de los viejos países de Europa, de los que Ataturk importará, incluso forzadamente, usos y costumbres que harán cambiar radicalmente la fisionomía del país. Como ejemplo baste señalar que bajo el mandato de Ataturk se prohibió el uso del fez y del velo característicos de los países islámicos; asimismo, desaparecieron de la vida pública todos los signos visibles que pudieran identificar a Turquía como un país islámico, y estableció la radical separación del estado de la religión islámica. De esta manera, Turquía pasó a convertirse en una nación de apariencia europea, pero en la que los perfiles de las ciudades todavía conservaban la típica estampa característica de los países musulmanes, con sus prominentes minaretes. De ahí parte, precisamente, esa cierta ambigüedad continental que siempre ha gravitado sobre Turquía: geográficamente está enclavada en el paso entre Europa y Asia, pero su vocación, al menos durante el último siglo, ha sido netamente europea, hasta el punto de que hace algunos años pidió el ingreso en la Unión Europea. Sin embargo, la corriente panislamista que, insuflada desde Arabia Saudita y los Emiratos, trata de crear un espacio político común de naciones islámicas --del que el Irán de los ayatolá y el Afganistán de los talibanes no son más que los más notorios y agresivos exponentes--, también ha hecho su mella en este país, Turquía, de pasado islámico. Así, han aparecido en los últimos años grupos políticos de cierta radicalidad que intentan llevar a Turquía hacia una deriva islámica, y convertirla en una nación al estilo del Irán de Jomeini. Sin embargo, todavía, afortunadamente, no pasan de ser minoritarios estos grupos pro islámicos, pues la inmensa mayoría de la población no quiere renunciar a que Turquía se integre dentro de la esfera de los países europeos.

Bueno; y termino un poco apresuradamente esta pequeña lección de Historia porque en 10 minutos comienza  el "Semah" --el rito de la danza de los derviches giróvagos-- en un templo sufí que está a 5 minutos del café en el que estoy. Ya os contaré la experiencia de estos danzantes sagrados que con sus giros interminables entran en un estado de trance en el que el yo se disuelve buscando su fusión con el Absoluto. Prometo contároslo.

...

Como antes os avanzaba, estuve esta tarde en el ritual sufí del Semáh: el baile sagrado de los derviches que danzan dando vueltas y vueltas sin fin sobre su propio eje en un baile frenético en el que buscan la unión con la divinidad. Detrás de toda esta historia de la danza derviche hay una profunda sabiduría que cuenta con siglos de historia. Veamos un poco de ello.

Los sufíes son una rama minoritaria dentro del Islam, del que representan su vertiente mística o más espiritual. Surgió en el siglo XII de toda una tradición de creyentes que buscaban la comprensión de lo divino más allá de los estrictos moldes que marcaban los dogmas de la teología musulmana más ortodoxa. En la tradición cristiana también surgieron a lo largo de su historia corrientes espiritualistas que trataron de rescatar a Dios del secuestro al que el encorsetamiento de las teologías oficiales lo habían sometido. En este sentido, Ibn El Rumí --al que se considera en cierto modo el iniciador del sufismo-- invitó a los creyentes a emprender la búsqueda de un camino personal, libre y antidogmático de encuentro con Dios; y este fue el espíritu que hizo nacer la corriente sufí dentro del Islam. Por cierto; que Ibn El Rumí, aunque vivió casi la totalidad de su vida en Persia, era turco de nacimiento.

Pues bien; dentro del sufismo, y como un fenómeno muy local, en Turquía surgió en el siglo XV la corriente espiritual de los danzantes divinos: los derviches. Estos monjes musulmanes buscan a través de la danza ese camino personal de unión con Dios del que hablaba Ibn El Rumí. La espiritualidad de la danza derviche parte del principio de que todo el Universo fue creado por Dios a través del movimiento, de manera que el movimiento posee un carácter generador y creador: el movimiento significa "vida". Todo cuanto existe evoluciona en un proceso de continuo cambio, como si de una danza sagrada se tratara. Los derviches parten de este principio sagrado del movimiento, y tratan de convertirse ellos mismos, a través de la danza, en verdaderos canales humanos por los que pueda discurrir el dinamismo creador y regenerador de Dios, y así hacerlo llegar a los demás hombres.

El ritual del Semáh --que así se denomina este ritual de la danza derviche-- comienza con un recitativo de suras coránicas que hablan de la grandiosidad del amor de Dios --de Alláh--, y de todo cuanto por Él fue creado. La recitación de las suras coránicas es cantada, con el acompañamiento de una música de lenta cadencia y ritmo. Al terminar la recitación de las suras aparecen los danzantes, caminando en fila de a 1 y cubiertos con unas capas negras sobre las que sobresalen sus cabezas tocadas con unos llamativos gorros con forma de tronco cónico alargado. Tras realizar algunos signos reverenciales, comienza la danza sagrada. Los danzantes se desproveen del cobijo de sus capas --que representan la falsa envoltura de apariencias detrás de la que todo ser humano se esconde-- dejando al descubierto una curiosa vestimenta, toda ella de un blanco inmaculado, y que se compone de una chaquetilla ceñida al talle y una larga falda rematada en su borde inferior con un doblez que la hace más pesada en esta parte. Al ritmo de una música monótona, constante, pertinaz, penetrante, comienzan a girar sobre su propio eje, apoyando la gravidez de sus cuerpos sobre la planta de uno de sus pies, mientra que con el otro lo impulsan en un ritmo creciente y enfebrecido de giros sin fin. El cuerpo, erguido pero con la cabeza ligeramente ladeada, busca ser el pararrayos catalizador de la fuerza y energía divinas. Los brazos, en aspa inclinada, recogen en la palma de su mano derecha extendida hacia el cielo, la fuerza poderosa del Universo, de Dios, para volcarla sobre la Tierra con la palma de la mano izquierda extendida hacia el suelo. En los giros la amplia falda se despliega en todo su vuelo, y el danzante, convertido ya todo él en movimiento y embriagado por la inercia de los giros, pierde la noción del espacio y del tiempo --únicos alimentos del ego-- por lo que el ego acaba por disolverse, haciendo entrar al derviche en una nueva dimensión cósmica, universal, sagrada, desde la que se produce la unión, la armonía, la comunión del hombre con todo lo creado. El danzante está ya entregado por entero a la sagrada misión de fundir lo mundano y lo sagrado, religándolo al Dios creador de quien todo procede.

Es emocionante ser testigo de este rito sagrado en el que uno llega a sentir ser parte de algo más grande que él mismo. Es el sentimiento y la experiencia de lo trascendente en medio de un mundo que vive ahogado, anegado por lo material e intrascendente. Y confieso que mientras contemplaba la danza sagrada de estos mensajeros de Dios, mi corazón se conmovió y lloré.

Pues eso; que había prometido contaros la experiencia de la danza derviche que he podido ver esta tarde, y aquí os dejo esta pequeña crónica.
A esta hora de la noche --son ya las 9:00 pm-- ha empezado a hacer frío. Permanecer en las calles sin estar suficientemente abrigado resulta incómodo. En cuanto termine estas líneas iré a comer algo en uno de los cientos de sitios que hay en la Istiklal Caddeçi... Después tomaré un café sentado junto al ventanal de uno de tantos cafés que hay por aquí, y luego, supongo, me recogeré en el hotel para descansar y preparar el recorrido que haré mañana. En principio tengo pensado volver al Gran Bazar, que siempre es una aventura... O, quizás, decida ir hacia el Puente del Bósforo, de 1 Km de largo, y que une Europa con Asia... Veremos a ver. Ya os contaré

 

 

Estambul, 30 de marzo de 2009

Esta mañana ha amanecido nublado pero con muy buena temperatura. El desayuno habitual en la cafetería de todos los días, cercana al hotel... el consabido brownie con chocolate fundido... el café americano en mug alto... lo habitual. A eso de las 9:00 am me he puesto en marcha y he cogido un funicular. Voy a explicaros...

Recordemos que Estambul está dividida, básicamente, en dos partes por el estrecho del Bósforo: la parte asiática y la parte europea. Y recordemos, también, que la parte europea está divida, a su vez, en otras dos partes:

  • 1. Sulthanhammet (que es donde están Santa Sofía, la Mezquita Azul, el palacio de Topkapí, el Gran Bazar, y todo el Estambul histórico y más turístico).
  • 2. Beyôglü (que es, por así decirlo, la parte "nueva"... aunque de nueva no tiene nada, ya que esta parte de la ciudad empezó a ccrearse por el siglo XVI cuando se asentaron los primeros representantes diplomáticos de otros países en la Turquía del Imperio Otomano. Beyôglü ¾al igual que Sultanhammet¾ se asienta sobre una especie de colina, en cuya cima está la famosa Istiklal Cadeççi (que ya os conté que es como la calle Preciados de Madrid, pero multiplicada por cuatro) que termina en una extensa plaza que se llama Taksim (que también os dije que era como la Puerta del Sol de Madrid, pero en cochambroso).

Y yo estoy hospedado, según os contaba en crónicas anteriores, en un hotel ¾por centrarnos en algún concepto¾ en la zona de Beyôglü; concretamente está en la Istiklal Cadeççi; es decir, que estoy en la parte más alta de Beyôglü.

Además, recordad que según os contaba, Beyôglü y Sulthanhammet están separadas por esa especie de ría que llaman "El Cuerno de Oro", y que va a dar al estrecho del Bósforo. De manera que para pasar de Beyôglu a Sulthanhammet hay que cruzar el Cuerno de Oro. Y para hacerlo hay 3 puentes que lo cruzan, pero sin duda el más utilizado es el que llaman Puente Gálata. Para llegar al Puente Gálata desde la Istiklal Caddeçi tengo que bajar toda la colina que es esta zona de Beyôglü... y hay dos maneras de hacerlo: a/ a pie (lo que te hace así como gracia las 2 ó 3 primeras veces...), o, b/ tomando un funicular subterráneo que hay al final de la Istiklal Cadeççi y que desciende hasta karaköy. Yo últimamente es lo que vengo haciendo.

La historia de este funicular subterráneo es curiosa. Es, después del metro de Londres, el primer transporte subterráneo que se construyó en todo el mundo. Su construcción data de 1867, y lo construyó un ingeniero francés que tenía, al parecer, intereses económicos en Beyôglü, y convenció al entonces sultán de Estambul --el sultan Abdul Aziz, uno de los últimos sultanes, que gobernó entre 1862 y 1876, o apor ahí...-- para que le diera las perricas que necesitaba para construirlo. El sultán se las dio, y así lo hizo. La estación del funicular en Istikllal Cadeççi se llama "Tünel", cosa obvia por otra parte... ya que el funicular se mete dentro de una boca ancha excavada en la tierra, y desciende por una pendiente que lo lleva hasta Karaköi, que es el barrio portuario que hay en la falda de la colina,  en el borde ya del Cuerno de Oro. Por tanto, desde aquí, para pasar a Sulthanhammet, no hay más remedio que cruzar el Cuerno de Oro por el puente de Gálata. Tengo que decir que el transporte público en Estambul funciona bien, y además es muy barato: el funicular cuesta 90 Cts de Lira (unos 40 Cts de euro), y el tranvía cuesta 1.4 Lr (unos 70 Cts. de euro).... en fin, tirado...

El tranvía, una vez que ha cruzado el puente Gálata empieza a subir remontando toda la ladera que es la colina de Sulthanhammet, pasando por delante de los jardines de Gülhane (donde está el palacio de Topkapí, que fue residencia de los sultanes hasta que desapareció el sultanato y Ataturk fundó la República de Turquía), de la Basílica de Santa Sofía y de la Mezquita Azul (que son los dos edificios más importantes de Estambul, y están situados uno enfrente del otro, con una plaza por medio), de los Bazares... y llega hasta la parte más alta del casco urbano, donde está la Universidad.

En cuanto a la Universidad... os voy a contar... Porque anduve dando una vuelta y cotilleando un poco dentro de los edificios de las facultades --entré en las de Derecho y Medicina-- cómo es el aire de los estudiantes universitarios por aquí... Los edificios, por fuera... vaya, no están mal; pero por dentro... ¡ay, amigo, por dentro! ... qué cochambre más cochambrosa... Las aulas son unos cuartines enanos, infectos, en los que un trozo de pared pintada de negro hace las veces de pizarra... ¡Y los pupitres...! ¡ay los pupitres! ...vamos, que es mejor traerse una sillica de esas de tijera de casa... Lo que es el ambiente estudiantil, es como el de cualquier facultad española o europea... la misma manera de vestir... las mismas tribus completamente identificables (progres, pijos, pasotas, alternativos...). Las paredes están todas repletas de los típicos carteles fijados con grapas a las paredes, que lo mismo te anuncian una fiesta de fin de curso, que una conferencia sobre Karl Marx, con el careto del barbas serigrafiado tipo Ché Guevara y todo... como se hacía en la época de la protesta progre en los 70/80,s en España. De repente caigo en la cuenta de que no se ven chicas con el rostro cubierto por el velo en la Universidad; tocadas con la típica pañoleta a lo Doña Rogelia, eso sí, pero no con el rostro cubierto por el velo. Y es que el actual presidente de Turquía --Erdogan--, abolió una antigua Ley que venía de los tiempos de Ataturk y que prohibía el uso de signos religiosos visibles en las prendas de vestir, entre ellos el velo. Pero la oposición de izquierdas presentó un recurso de inconstitucionalidad contra esta medida del Gobierno Erdogán, y después de una polémica con amplia repercusión en los medios de comunicación, finalmente el tribunal Constitucional admitió el recurso fallando a favor de la oposición, es decir, aboliendo, por inconstitucional, la derogación de la antigua ley que prohibía usar el velo islámico en instituciones públicas. Todo ello ha dado lugar a un --hasta cierto punto-- acalorado debate en la sociedad turca. Por un lado, el partido de Erdogan --el AKP, que actualmente es el que gobierna--, aunque es un partido de derecha moderada y pro-europeo, ofrece, sin embargo, el contrapunto de que al mismo tiempo defiende una cierta "islamización" de la sociedad turca. Puede decirse que, aunque laico, es un partido pro-islámico, aunque no islamista. En el otro lado, la oposición de izquierdas defiende la desislamización radical al estilo de Ataturk. Y, en medio de todo ello, el Tribunal Constitucional --que está compuesto, en su mayoría, por magistrados radicalmente pro-europeístas-- es partidario de una total y absoluta independencia entre el Estado y el Islam, por lo que consideran contrario a la constitución derogar las viejas leyes des-islamizantes de los tiempos de Ataturk.... En fin, un cisco... Por cierto, que ayer hubo elecciones municipales en toda Turquía, y el partido del gobierno --el AKP de Erdogan-- obtuvo una amplia mayoría frente a la coalición de izquierdas. En cualquier caso, la derecha y la izquierda aquí en Turquía son de tendencia muy moderada. Y da la casualidad de  que precisamente el partido de la derecha --el AKP de Erdogan-- aunque es pro-islámico moderado, está sin embargo mucho más a favor de la integración de Turquía en la UE que el partido de la izquierda, que defiende, por el contrario, un modelo de estado turco de cuño netamente nacionalista, y no quieren ni oír hablar de Europa...  Sí, es verdad; esto es un poco lío... ya lo sé... pero resulta curioso y por eso os lo cuento.
Bueno... ya no sé ni por donde iba... ahh, sí, la Universidad... Pues eso.. pelín cochambrosa... tipo España de los 70/80,s....

Yo, que como os contaba tomé el tranvía en karakoi para cruzar el Puente Gálata, me bajé en la parada que hay junto a la vieja estación de ferrocarril de Gülhane, muy próxima al palacio de Topkapí. A esta estación de ferrocarril, que hace años que ya no funciona como tal, llegaba el famoso Oriente Express procedente de Europa. Viendo la estación por dentro, uno puede imaginarse a la perfección a las aristocráticas damas inglesas de la época victoriana descender del tren que las había traído hasta Estambul acompañadas por sus damas de compañía. Después de pasar unos pocos días en la ciudad, tomaban el transbordador en el puerto de Eminönü que las conducía hasta el de Kadikoi --ya en Asia--, donde tomaban nuevamente un tren que las adentraba por el continente asiático.

Muy próxima a la estación de ferrocarril de Sirkeçi esta la escuela de artesanos que ocupa un edificio que en otros tiempos fue una "medressa", o escuela coránica... un seminario de imanes, vamos... El edificio se distribuye en torno a un patio rectangular al que van a dar las pequeñas estancias que recorren las galerías de los dos pisos que tiene el edificio, y que fueron en su día las celdas de los seminaristas aprendices de Jomeini. Merece la pena ver cómo trabajan estos artesanos... La mayoría trabaja el cuero, haciendo trabajos de guarnicionería y marroquinería. Hablando con uno de ellos, como se ha percatado de que llevo conmigo una pequeña mochila de cuero me ha preguntado en dónde la había comprado. Al responderle que en Marrakech, se ha llevado las manos a la cabeza con un gesto de desesperación, pues, según me cuenta, les tienen fritos los marroquíes... ya que --según me ha dicho-- trabajan el cuero mucho mejor que los turcos, y venden mucho más barato... --"Ruina de Turquía, Marruecos..." --repetía este chico...--. --"Ruina de Turquía... Marruecos...", --insistía--. Me ha felicitado por "tener mochila tan buena y barata no turca..". Nos hemos reído un rato y me ha invitado a un té mientras me contaba cómo cose él los bolsos que tenía expuestos, muy bonitos y muy bien elaborados, por cierto.

Después de la visita a esta escuela de artesanos he subido a pie por una pequeña cuesta que conduce al jardín de Gülhane, que está rodeando el Palacio de Topkapí. Y he entrado a visitar el palacio... Tal y como me temía... It doesn't worth at all!!! Vamos, que si algún día venís a Estambul os lo podéis ahorrar y dedicar el tiempo a algo más provechoso.. Ya me olía a mí mal, porque lo que todos los turistas se mueren por visitar aquí, y de lo que hablan todo el tiempo, es del palacio de Topkapí... Y cuando en una ciudad que no conoces ves un ejambre de turistas alrededor de algo... no pierdas el tiempo y toma el camino opuesto.. porque lo más seguro es que lo que allí hay sea algo de cuya visita puede prescindirse por completo... Y así ha sido. Pero finalmente me he decidido a entrar. Os lo cuento.

Se trata de un conjunto de edificios... nada de particular, por otra parte... y que configuran lo que fue la residencia de los Sultanes de la vieja Constantinopla tras la invasión de los otomanos. En uno de los edificios están lo que fueron las estancias del sultán... sala del trono... nada de particular... una exposición con los kaftans de los sulltanes --especie de batas de lujo que usaban estos señores--... nada interesante... y, después, pasas a un edificio que está dedicado por entero al Profeta Muhammad (en español, Mahoma) --a quien Alláh guarde --, catequesis de Islam incluida. Bueno; y ya después del edificio de las reliquias del profeta, se pasa a otro edificio que dicen era el serrallo, donde vivían las concubinas del Sultán... Y... hombre... no está mal la casa y eso... pero vamos.. que me parece a mí un poco hortera eso del lujo asiático... así como pretencioso y pelín de mal gusto, ¿no?... como decorar una pared con espejos ahumados... un poco en ese plan es lo del lujo asiático... en fin, muy cateto...

Saliendo del Palacio de Topkapí --los jardines que lo rodean son, al menos para mí, lo único que merece algo la pena, y tampoco es como para echar cohetes--, llegas a la Plaza de Sulthanhammet, que es la placita ajardinada que os decía separa la basílica de Santa Sofía de la Mezquita Azul. Son éstas, también os dije, las dos construcciones más importantes de todo Estambul. De Santa Sofía... en fin, ¿qué deciros...?  ¡¡una verdadera pasada!!!  Las dimensiones son más brutales de cuanto pueda decirse... y sobrecoge la espaciosidad de todo el conjunto... la luz umbría que cubre todo en su interior... y los famosos medallones negros, de forma circular, y que, sobre las pechinas de la cúpula central, contienen escritos en dorado con grafía árabe varios de los múltiples nombres de Alláh.... sencillamente majestuoso...!!!  Santa Sofía se construyó allá por la mitad del siglo V, por lo que tiene más de 1.500 años de antigüedad. Emociona pensarlo cuando estás allí adentro.

Justo enfrente de Santa Sofía --por medio la placita ajardinada de Sultanhammet-- está la Mezquita Azul. Su arquitectura exterior es muy similar, en cuanto a la forma, a la de santa Sofía... pero nada que ver!!! De hecho, esta mezquita es muy, pero que muy posterior... Fue construida por orden del Sultán Hammet I en el año 1.600 y pico... ó 1.700... Y aunque intenta rivalizar con Santa Sofía --de hecho hay una cierta disputa acerca de cuál de estos dos edificios es el emblema arquitectónico de Estambul--, es, con mucho, muy inferior en todos los sentido. Esto no quiere decir que no sea una construcción importante y digna de ser visitada; en absoluto. De hecho, es visita necesaria. Impresiona la alfombra que recubre la totalidad de la superficie de la mezquita... y el hecho de entrar y descalzarse, como ya conté en otro sitio, tiene su punto trascendente si estás atento a su significado más profundo...

Después de ver la mezquita Azul, he ido caminando hasta la zona de la Universidad, para llegar después hasta un pequeño bazar de libros, exclusivamente de libros y grabados. Merece verdaderamente la pena ver algunos de los grabados que se ofrecen a la venta. Entre todos ellos hay mucha tralla, pero pueden todavía encontrarse verdaderas joyas de miniaturas policromadas con textos de Corán y auténticamente antiguos. Me he puesto a hablar con uno de estos vendedores de grabados --su nombre, el de este señor, es Humut-- y me ha hecho pasar al interior de su tienda... ¡¡Bueno!!... Había verdaderas maravillas. Tenía toda una colección de grabados miniados del siglo XVIII con suras del Corán... una pasada... una verdadera pasada... Y nos hemos puesto a charlar un buen rato. Me ha invitado a sentarme, y a un té turco --delicioso--. Me contaba que él pertenece a la corriente espiritual del Islam, al Sufismo... Y hemos hablado de lo divino y de lo humano... Pero más de lo divino... porque este hombre --no había más que verle cómo se movía, con qué armonía... y cómo hablaba, con qué mansedumbre-- era, desde luego, un buscador de Dios... Hemos hablando, entre otras cosas, de la tradición poética sufí, de la que conocía de memoria no pocos versos, algunos de los cuales incluso me ha recitado con veneración y profundo sentimiento. Ha sido emocionante poder compartir un rato de quietud con este hombre bueno.
Dejando el bazar de los libros, he llegado hasta el museo de Caligrafía otomana, pero lamentablemente estaba cerrado por obras. Tenía ganas de ver algunos de los tesoros del arte de la escritura otomana que se guardan en este pequeño museo. Para todas las "religiones del Libro" --Judaísmoo, Cristinaismo e Islam-- la palabra no es "flatus vocis".. como decía San Anselmo de Canterbury.... sino que, muy al contrario, posee un valor total, sagrado, divino... "Al principio era el verbo --la Palabra--", comienza el libro del Génesis con el que se abre la Torá hebrea, que es el Pentateuco de la Biblia de los Cristianos... Porque por medio de la Palabra todo fue creado. Y la Palabra no era otra cosa --según la tradición veterotestamentaria-- que el mismo espíritu de Dios en toda su dimensión creadora... El "ruahj" o aliento de Dios... Pero, en fin.. no ha sido posible en esta ocasión poder contemplar la belleza de algunas de las maravillas caligráficas que se conservan en este museo... Quizás para otra ocasión.

Volviendo sobre mis pasos, he ido a dar a un pequeño mercado en el que se vende calzado. Todo un descubrimiento. Aquí pueden encontrarse zapatos de buenísima calidad y factura, y a un precio inmejorable. De verdad que merece la pena visitarlo, y es difícil resistirse a comprar un par de pares de zapatos. Ofrecen todos los modelos habidos y por haber de todas --absolutamente todas, y sin faltar ninguna-- las marcas de los modistos más famosos. En una de las tiendas en las que anduve curioseando, el vendedor, un chico de unos 38 años más o menos, se ha acercado hasta mí y me ha dado toda clase de explicaciones acerca de la mercancía que vende... y en un casi perfecto inglés. --Le llamará la atención, señor, lo baratos que son estos zapatos, ¿verdad?, siendo de piel. --Porque, en efecto, todos los zapatos estaban confeccionados con buenas pieles, y con una manufactura estupenda--. --Lo primero de todo, señor ¾ha continuado explicándome--, debo decirle que aunque vea que todos los zapatos son de marcas conocidas, no son auténticos; son falsificaciones. Están todos ellos fabricados en Turquía, pero a diferencia de los auténticos no pagamos los royalties de la marca, con lo que podemos venderlos más baratos. De hecho, los fabricantes originales, algunos de ellos, han venido a visitar las fábricas de calzado que hay en Turquía para interesarse de cuál es el procedimiento de confección que aquí se emplea, pues la calidad en muchos casos es muy superior a la de los modelos originales. De verdad que me ha sorprendido la enorme franqueza con la que desde el primer momento este comerciante me ha dado toda clase de explicaciones. Y, de verdad, si queréis comprobar lo que digo acerca de la calidad de estos zapatos, venid a Estambul y vedlo por vosotros mismos.

Saliendo del mercado del calzado he ido a dar, finalmente, al Capali Çarsi --el Gran Bazar--, que, con su sobreabundancia de estímulos para os sentidos, es visita obligada cada vez que se pasa a Sultanhammet, y nunca defrauda. Vueltas y más revueltas por sus interminables galerías... un descanso en uno de los múltiples cafés que hay en su interior... y emprendo el camino de regreso cogiendo el tranvía en Çemberlitas que me lleva, bajando por la pendiente de Sultanhammet, y cruzando el Puente Gálata, hasta Karakoi, para después coger el funicular subterráneo que, subiendo por las entrañas de la colina de Beyôglü, me lleva hasta la Istiklal Cadeççi, donde ahora me encuentro, con una cerveza, ante el teclado escribiendo esta crónica de hoy que espero no os haya aburrido mucho.
Mañana, más.

 

Estambul, 30 de marzo de 2009

Hola, mis lectores del Istanbul Chronnicle...

Esta mañana lucía un sol radiante, con una temperatura magnífica. Fui a desayunar a otra de las tantas cafeterías que hay en la Istiklal Cadeççi. Hoy ha sido, además del consabido american coffee, un trozo de tarta de manzana que temblaba el misterio... ¡para morirse, lo rica que estaba!

Al terminar de desayunar --serían los 9:15 am-- no sabía muy bien a qué dedicar hoy el día, de manera que me puse a caminar Istiklal Cadeççi arriba hasta llegar a la plaza de Taksim. Como no tenía claro qué rumbo seguir, he echado a andar por la Tarlabasi Cadeççi --a estas alturas ya habréis deducido que "cadeççi" significa calle, en turco... ¡pero qué listos sois...!!--, que es una calle muy ancha y en cuesta que baja desde la plaza de Taksim hasta Karaköi, es decir, hasta el borde mismo del Cuerno de Oro, justo donde comienza el Puente Gálata. La calle Tarlabasi es una cochambrez pero de las gordas... ¡qué cutrerío!!  es... ¿cómo decirlo?... como la calle Embajadores por la parta de abajo... o como una de las calles anchas del L'Hospitalet. En fin, una cutrez tremenda; fea es poco.

Una vez en karaköi me he acercado hasta el puerto, del que continuamente salen barcos y transbordadores hacia distintos destinos. Y mientras tomaba un cafecito sentado en una terraza me he decidido a coger un barco con rumbo a Kadiköi, que es una puerto importante de Estambul, cruzando el Bósforo, es decir, ya en la parte asiática. De manera que... dicho y hecho: ¡¡¡he tomado el barco rumbo a Asia!!!

El precio del barco... ¡¡¡de risa!!!... ¡¡¡70 cts de euro!!! ...¡¡¡palabra de honor!!!, y hace un recorrido largo... pero largo, hasta llegar a tomar por c..

Según se alejaba el barquito del puerto de Karaköi, podía distinguirse perfectamente el perfil tan característico de Estambul que en siglos pasados dejaran plasmados los grabadistas europeos que por estas tierras viajaban en aquellos tiempos... Los perfiles de Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapí..., en fin... una pasada...

Además, a medida que el barco iba alejándose del Cuerno de Oro para adentrarse en el estrecho del Bósforo, lo hacía bordeando la costa de Estambul en su vertiente de Beyôglü, y era espectacular ver las construcciones palaciegas de los siglos XVII, XVIII y XIX que recorren toda esa costa.

Al llegar a la parte asiática, concretamente al puerto de Kadiköi, el barco atraca en un muelle que hay justo al lado de una estación de ferrocarril que se llama Haydarpassa, y que es una maravilla arquitectónica. En esta estación antiguamente hacían transbordo los viajeros del famoso tren "Orient Exprés" que, procedente de Europa, llegaba a Estambul, pero en el lado de Sulthanhammet, concretamente a la estación de ferrocarril de Cirkeçi --que tb es una pasada--, y una vez allí cogían el barquito hasta esta estación de Haydarpassa, en Kadiköi, donde tomaban otro tren que les adentraba en el continente asiático atravesando irán, Iraq, Afganistán, Paquistán, India... etc...  De hecho hoy en día de esta estación de Haydarpassa parten trenes para todas las partes de Asia... Impresiona ver anunciadas las salidas de trenes con destino a... Nueva Delhi.... o Kabul....

Una vez fuera de la estación de ferrocarril, he echado a andar siguiendo las indicaciones que el mapa me daba para llegar hasta una mezquita del siglo XV... Bueno!!!  La mezquita en cuestión... no merece ni un comentario. Además era la hora del rezo y el imán estaba exhortando a los fieles a no sé qué, pero no debía de ser nada apetecible aquello a lo que les exhortaba a juzgar por las caras que ponían...

Continuando por esa misma carretera de la mezquita ¾caminando¾ he pasado por delante de la Universidad de Esmirna, que es como una sucursal de la Universidad de Estambul, pero en la parte asiática. La verdad es que el campus ofrecía un aspecto fenomenal... Me recordaba un poco al de la Universidad de Comillas (esa Universidad fantasma, que construyeron los jesuitas en Comillas --Cantabria--, pero que nunca llegó a funcionar) en cuanto a su arquitectura y estilo de edificaciones. Francamente bonita. Por lo que he podido ver, allí tienen facultades de Medicina y Ciencias. Estaba, como es lógico, lleno de chicas y chicos jóvenes con sus carpetas corriendo hacia las paradas de autobuses.
Más allá de la Universidad he pasado por delante de la Academia de Sanidad del Ejército turco... Una risa... porque había unas m

Las personas curvas

martes, 17 de marzo del 2009 a las 18:14
guardado en

LAS PERSONAS CURVAS

Mi madre decía: a mi me gustan las personas rectas ...


Pero a mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.
A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
los labios: curvos;
y los sueños, curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva;
el día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!
Y no me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas;
a mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas:
¡contemplar es curvo!;
los instrumentos curvos,
no los cuchillos, no las leyes:
no me gustan las leyes porque son rectas,
no me gustan las cosas rectas;
los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.
Y la paciencia es curva.
El pan es curvo
y la metralla recta.
No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
dentro de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni las maestras rectas:
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!
El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas;
vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.

A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.

Sobre el blog

El blog de Nacho Tapia

"¿Qué otro refugio puede haber para ti sino tú mismo?"

Siddharta Gautama

Ver ficha del blog en OboLog

Login

Comentarios

“Estar solo” y “sentirse solo” (Marilyn)
Muy cierto amigo, me gustaron mucho tus palabras!!...(30 ago)
Bitácora de marruecos (Joaquin)
Nacho,Me ha pasado algo rarisimo que me gustaria compartir contigo aunque no nos conozcamos. He ......(31 may)
“Estar solo” y “sentirse solo” (Esencia)
Estoy completamente de acuerdo. He perdido la cuenta de las veces que he oido esas palabras entre ......(12 mar)
¿somos conscientes? (shhh)
k...(30 ene)
Las personas curvas (nuria)
Simplemente genial en su sencillez, transparencia y capacidad de transmitir la circularidad de ......(28 ene)

Más comentados

El capitán de Jaca. La verdadera historia de Fermín Galán (4)
EL  CAPITÁN DE  JACA(la historia de Fermín Galán) Una novela de Ignacio Sánchez Tapia «Nuestras ...
.... mi cuaderno de bitácora de Estambul... (3)
  Estambul, 26 de marzo de 2009 He llegado hace una hora escasa a Estambul. Apenas me he acomodado ...
Sobre el Temor (3)
Extraído del libro "Sobre el Temor", de Jiddhu Krishnamurti Si nos paramos y prestamos atención, ...
Las personas curvas (2)
LAS PERSONAS CURVAS Mi madre decía: a mi me gustan las personas rectas ... Pero a mí me gustan las ...
¿somos conscientes? (2)
“No obres según tu conciencia; mejor obra con consciencia" Desde muy pequeños nos decían que ...

Suscripción

Suscríbete al Feed RSS XML

También puedes suscribirte directamente con alguno de los siguientes enlaces:

  • Suscríbete en Bloglines
  • Suscríbete en Google